Del Grexit al Brexit

El “grexit” suponía un contexto que mostraba la tácita intención de no salir de la Unión Europea. Aunque la troika amenazaba con la posibilidad de la salida de Grecia de Europa, la posición de los griegos no vislumbraba la salida. Lo menos deseable era precisamente el “exit”, la salida. Pero el contexto empieza a dar un giro radical y, tanto la consolidación de un tablero geopolítico tripolar (EE.UU., Rusia y China), como la guerra financiera entre el dólar y el yuan, nos muestran ahora una Europa debilitada que empieza a mostrar la pérdida de algo que es fundamental, tanto para la economía como para la política: la confianza. El “brexit” parece ser el inicio similar de algo que aconteció como antesala del derrumbe soviético. Pues no es un país periférico el que se sale de la Unión sino una de sus más principales economías.

Esta salida representa una grave dislocación en la frágil composición del bloque europeo, el cual amenaza la estabilidad del conjunto; y eso es precisamente lo que podría tener, como consecuencia, el colapso de la institucionalidad creada para hacer de Europa un actor estratégico de importancia global.

Desde la asunción de los BRICS, sobre todo con la proyección exponencial económica mundial de China y la reposición de la importancia militar de Rusia, Europa ha visto reducidas sus posibilidades de recuperación estratégica en este mundo tripolar. En este contexto, Londres ya se había convertido en la plaza bursátil del yuan en Occidente, manifestando, de ese modo, una inclinación financiera que develaba cómo la sobrevivencia de su propia moneda depende de aliarse a una economía extranjera, la cual ya no era occidental.

La guerra entre el dólar y el yuan no deja más opciones a las demás monedas, ni siquiera al euro, pues todo parece decidirlo la independencia energética (ligada a su cotización financiera), y de eso, Europa, sufre una carencia crónica. Esto muestra la infausta realidad de una Europa, constituida en centro geopolítico mundial gracias al desmedido aprovechamiento de los recursos del tercer mundo y que, por eso mismo, nunca ha podido liberarse de esa dependencia y que ahora, en circunstancias adversas, le muestra su verdadera condición dependiente, y supeditada ahora al repartimiento inevitable que pactarán las tres potencias de sus respectivas áreas de influencia.

Eso significa el fin de la globalización. La economía se contrae de modo regional y, por asuntos de sobrevivencia, todos optan por arrimarse al más fuerte. En ese sentido, si la Unión Europea termina por derrumbarse, EE.UU. pierde Europa y eso también amenaza su hegemonía global. Pero todavía le queda Latinoamérica, y eso es lo preocupante para nosotros. Si también caen el ALBA, la CELAC y la UNASUR, entonces no hay posibilidad de independencia regional y todo consistiría en supeditarse a la hegemonía maltrecha de EE.UU. y sus cada vez más despiadados tratados comerciales, como el de la Alianza del Pacífico.

La salida de Gran Bretaña supone su propia desintegración, que empezaría con la separación de Escocia, lo cual, como sucede con las fichas de dominó, repercutiría en los demás países europeos que también señalan escenarios secesionistas. En toda recomposición del tablero geopolítico global, en la disputa final de las viejas potencias y las nuevas, todo pasa por la sobrevivencia en la nueva reconfiguración geopolítica, lo cual pasa por el modo de inserción que opta todo país que sobrevive. Esto decide su lugar en el mundo.

El “brexit” provocará toda una serie de sucesos que parecían improbables hace sólo unas pocas décadas atrás, imposibles hasta el siglo XX. Pero los cambios que se están dando en todos los niveles dan más peso a la ya conocida aseveración que se hace a propósito de que nos encontramos en medio de una transición civilizatoria de profundas consecuencias globales. Por eso no es casual el uso de términos que retratan muy bien el sentido de los acontecimientos. El “exit” es un concepto que se lo ve muchas veces, en cualquier establecimiento, como señal de salida de emergencia. La emergencia actual parece consistir en salirse de un sistema que ya no funciona y que, en plena decadencia, pretende arrastrar a todos a una suerte nada grata.

Ese parece ser siempre el panorama de todo cambio de paradigma. Lo que cuesta abandonar lo viejo es siempre lo que se retrata en forma de caos, desesperación y angustia; en tal estado siempre se provocan las peores decisiones y, si todo se trata de sobrevivir, optar por la sobrevivencia a cualquier precio, es lo que siempre conviene a los fuertes en desmedro de los débiles.

Nadie podía aseverar este panorama, sobre todo refiriéndose a una Europa sobreviviente de dos guerras mundiales: ver cómo se diluye su importancia global sin la mediación bélica sino como consecuencia de la disputa global de otras potencias que actúan al margen de ella. Con la salida británica de la Unión Europea, a la cual ingresó de modo tardío, el euro pierde peso financiero y se hace más evidente la actual guerra fría financiera entre el yuan y el dólar. Pero si el dólar se sostenía por toda la infraestructura institucional global creada en Bretton Woods y el paraguas militar de la OTAN, ¿qué queda de esta musculatura si se desmorona una Europa que fue siempre la frontera natural del llamado “mundo libre” ante el comunismo ruso?

La rusofobia de Washington es lo que le imposibilita una más sensata visión de esta nueva época, que ya no es más unipolar. ¿Qué pasará si Europa pasa a ser parte del área de influencia rusa? ¿Qué pasa si la infraestructura financiera que están creando los chinos desplaza definitivamente la importancia del FMI y del Banco Mundial? ¿Con el “brexit”, no estaremos liquidando definitivamente el “Consenso de Washington”? ¿Y qué pasa con Latinoamérica? ¿Cómo todavía podemos aprovechar este contexto, sabiendo que las condiciones son ahora adversas y ya no coinciden con el auge que tuvieron en su momento el ALBA, la CELAC y la UNASUR?

Parece que muchas fichas han de caer en el dominó geopolítico global y que el “brexit” ha de dibujar la fisonomía proyectiva de los nuevos acontecimientos mundiales. La transición civilizatoria ya empezó su viraje definitivo y habrá muchas sorpresas, no todas gratas, pues en un mundo integrado, todo asunto local tiene siempre repercusiones globales. El fenómeno del “exit” será algo recurrente que veremos en este nuevo panorama geopolítico global.

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