La encrucijada europea

(Abya Yala Digital).-  La última cumbre de Jefes de Estado miembros de la OTAN (celebrada en Varsovia, entre el 7 y 8 de julio), no podía haber tenido mayor repercusión geopolítica, de no ser por un detalle: se trataba de un evento post-brexit. Hasta hace poco la OTAN podía mantener una agenda sin demasiadas variaciones, segura de su incuestionable papel de “gendarme mundial” y con el poder de actuar –muchas veces– al margen de la propia ONU. Para eso precisamente fue creada.

Recordemos que, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. supedita a Europa al integrarla como parte fundamental de una de sus “áreas de interés estratégico”; esto suponía la obligación de los gobiernos europeos a ratificar y hasta sostener la política exterior norteamericana, mientras esta se encargara de desbaratar toda pretensión de restaurar en Europa el “peligro rojo” (que era el más temido escenario para la élites europeas).

Con la imposición de un mundo unipolar, EE.UU. hace de la OTAN su brazo armado como garantía exclusiva del imperio del dólar (siendo los ejércitos los encargados de expandir el mercado mundial e imponer el patrón dólar). Pero en un mundo multipolar (tripolar en los hechos: EE.UU., Rusia y China), esto es precisamente lo que empieza a desmoronarse y pone en entredicho a todo el sistema institucional creado post segunda guerra mundial para desplegar mundialmente la hegemonía norteamericana. En ese sentido, la cumbre de Varsovia, que fuera propagandizada como una más de las victorias de EE.UU. sobre el resto del mundo, se muestra, en realidad, como el inicio del debacle del sistema creado por el decadente mundo unipolar al servicio del dólar.

Hoy, más que nunca, se ve cómo organismos como la OTAN, contradicen flagrantemente la carta de la ONU, al hacer que sus países miembros pierdan su independencia, poniendo sus propios ejércitos bajo el mando exclusivo de EE.UU.; esto supone, por ejemplo, el desmantelamiento de la industria aeronáutica de los países miembros para hacerse consumidores netos de toda la producción aeronáutica norteamericana. La OTAN, se suponía, era el arco de seguridad que protegía a Europa occidental del Pacto de Varsovia, pero una vez disuelto este último, la política exterior norteamericana, después del 11 de septiembre de 2001, refuncionaliza a la OTAN para encarar la llamada “guerra contra el terrorismo” (el nuevo enemigo de la globalización neoliberal). Es decir, si la OTAN fue creada y supeditada para beneficio de las élites contra sus propios pueblos, ahora, en plena decadencia occidental, EE.UU. usa a la OTAN contra esas mismas élites.

Como todo se trata de sobrevivencia, en un nuevo tablero geopolítico, el dólar no escatima esfuerzos para sacrificar economías, aun “aliadas”, en beneficio propio. ¿Por qué Gran Bretaña se aleja de Europa? Londres ya constituye la plaza financiera del yuan en Occidente. Ese fue el anuncio del brexit: el futuro ya no pertenece al dólar. Entonces, no se trata sólo de la viabilidad futura de la Unión Europea, sino de todo el sistema institucional creado para hacer factible la dominación global de EE.UU. (y sin dominación, Norteamérica, deja de tener sentido geopolítico; es más, su propia viabilidad, como nación, se torna insegura).

Eso es lo que manifiesta la última Cumbre de la OTAN. Sus países miembros, aun siendo testigos de la decadencia de la alianza atlántica, optan por meterse aún más en el hueco de la incertidumbre creada por la nueva cartografía tripolar de la nueva geopolítica mundial. Aquella decadencia es su propia decadencia; esa escenografía incierta no les provoca una reacción más acorde a la nueva situación, a excepción, por supuesto, de Inglaterra.

Recordemos: la caída del Muro de Berlín inició el derrumbe de todo el bloque socialista y sus instituciones; en noviembre de 1989 cae el muro, en diciembre de 1991 se disuelve la URSS, también se disuelve el Consejo de Ayuda Mutua Económica y, posteriormente, el mundo ve la disolución del Pacto de Varsovia. El brexit apunta, en el mismo sentido, al desmantelamiento de Europa y a la disolución de la OTAN y, lo menos creíble para el auge triunfalista de Washington: el desmantelamiento del mundo creado por Bretton Woods, es decir, el fin de la hegemonía del dólar.

Todo lo resuelto en Varsovia no logra superar el momento crítico que atraviesa la alianza atlántica. El brexit pone fin a la “relación especial” con Norteamérica, lo cual también pone fin al incremento de la participación británica, humana y monetaria sobre todo. Los demás países miembros deberán hacerse cargo de la cuota británica, por eso EE.UU. usa la Cumbre de Varsovia para descargar ese peso en los más débiles; para ello vuelve a atizar aquello del “peligro rojo” y compromete a Polonia, Rumania, Ucrania en esta –tal vez– última aventura contra el “peligro soviético”. Casi todos los análisis militares señalan que Rusia posee ventaja clara con respecto a EE.UU. en una guerra convencional; es más, ahora China está a tan sólo dos años de alcanzar la capacidad bélica norteamericana.

La Cumbre de la OTAN sólo pudo decidir asuntos predecibles, como la instalación de bases permanentes en la frontera rusa y el común y reiterativo deseo de desarrollar el escudo antimisiles. Nada nuevo bajo el sol. A EE.UU. no le cuesta nada sacrificar esos tres países, más le costaría sacrificar la alianza atlántica. Ni Alemania ni Francia estarían dispuestas a dejarse inmolar en esta contienda tripolar, pero, ante la más que probable disolución de la Unión Europea, no se tiene mucho margen de acción; en eso la posición inglesa parece visionaria: es mejor saltar del barco antes que se hunda.

Después de Inglaterra, ¿quién sigue? El escenario post-brexit muestra una OTAN sumamente debilitada, donde aparece una interrogante de grueso calibre: si Norteamérica ya no es la primera economía mundial ni la primera potencia militar, entonces, ¿valdrá la pena seguir siendo sus más fieles escuderos?

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