El desmantelamiento de un proyecto

CONTRA-SENTIDO

EVARISTO SA AFP-PHOTO

(Abya Yala Digital).- En apenas tres meses del gobierno interino de Temer y actuando más allá de cualquier interinato, obrando más bien como si se tratase de una presidencia definitiva (cuyo mandato se prolongaría hasta el 31 de diciembre de 2017); lo que viene sucediendo en Brasil se constituye en el más elocuente ejemplo de cómo aquello que cuesta construir puede ser destruido en un santiamén. Aun cuando su popularidad siga siendo la más baja (incluso más que la imputada a Dilma Rousseff en su peor momento), arrojando un porcentaje ya bordeando el 10% en los últimos sondeos, y actuando como si fuera depositario de una legitimidad implacable, el gobierno de Temer ha venido desatando un desmantelamiento sistemático de todas las conquistas populares que se habían logrado desde Lula.

Aun cuando cuenta con el apoyo unánime del aparato mediático conservador, como la cadena Globo, la política que adopta no logra convencer, ni siquiera a la clase media, de que este interino es el remedio que requería Brasil. La economía sigue desmoronándose, muestra de ello es el alarmante encogimiento del mercado laboral, a lo cual se suma el ausente respaldo prometido del empresariado y del mercado financiero.

Regionalmente ahora Brasil ya no constituye factor de integración, lo cual no hace sino anular su propia importancia geopolítica, lo cual hasta le podría costar ceder su lugar en el BRICS, pues no se trata sólo de ser económicamente fuerte sino de hacer de esa fortaleza independencia efectiva. Es a lo que apuntan China, Rusia e India, frente a la crítica situación económica y financiera actual y que expone la crónica dependencia de una institucionalidad financiera global al dólar norteamericano.

Desmantelar no sólo la economía brasilera sino la integración regional, parece ser el imperativo que mueve de modo urgente la política adoptada por el gobierno interino de Temer; no en vano su ministro interino de relaciones exteriores, José Serra, impone un giro radical a la política exterior de Brasil, lo cual viene acompañado de un nuevo restablecimiento de las relaciones estratégicas con EE.UU. que implica, entre otras cosas, el uso de la base aérea de Alcántara, en el Estado norteño de Maranhão, lo cual significará establecer una base militar norteamericana en el propio Brasil.

El desmantelamiento institucional pasa por el despido masivo de funcionarios de carrera de los ministerios más importantes de la anterior administración de Dilma Rousseff. El caso más triste es la asfixia de los programas populares de salud impulsado por el ministro interino Ricardo Barros, cuyo deprecio por la salud pública se expresa por su abierta simpatía a la privatización de todo el sistema de salud (lo cual se explica escudriñando su propia biografía política, pues su campaña para diputado estuvo financiada por entidades privadas de salud).

También es notable el desprecio por la educación, cuando se evidencia que el sistema federal de universidades se encuentra prácticamente en la bancarrota. Lo que parecía superado, ahora parece asaltar todo lo logrado. La doctrina del Estado mínimo vuelve a resurgir; esto significa la austeridad fiscal, o sea, que el Estado se deshaga de toda su responsabilidad social y mine así su propia estabilidad, haciendo posible su dependencia crónica en beneficio exclusivo de una elite colonizada hasta el tuétano.

Demás está decir que, de los 81 senadores que juzgarán a la presidenta depuesta, 35 responden a juicios e investigaciones por corrupción. Esto muestra la complicidad de un aparato judicial viciado por intereses privados que no pueden ocultar el hecho de que el mismo presidente interino y su núcleo duro se encuentran acusados por hechos de corrupción (Temer habría recibido 3 millones de dólares en el caso Petrobras, cosa que obvia el juez Sergio Moro en su obsesivo empeño por hundir sólo a Lula). Este núcleo duro ya baraja cartas después de que el 25 de agosto prospere la destitución, y calculan cuánto les costará negociar con diputados y senadores aprobar lo que llaman “cambios urgentes y necesarios”. Aquello irá definitivamente en contra de los derechos laborales y el sistema de jubilaciones, para de ese modo limpiar definitivamente con las conquistas sociales alcanzadas en los últimos años.  Para entonces Temer hará conocer qué empresas públicas serán privatizadas. De ese modo, todas las conquistas sociales obtenidas en estos trece años y medios serán desmanteladas.

Como es ya política manifiesta desde que la troika europea ninguneó el referéndum en Grecia; los 54 millones de votos que legitimaban a la depuesta presidenta, las conquistas sociales, los derechos populares y el porvenir de toda una nación, son algo que les tiene sin cuidado a la repuesta elite neoliberal en el poder. Esto apunta a una desestabilización regional, pues Brasil se suma a la Argentina de Macri, que se inclinan por los tratados que impulsa EE.UU. y, de ese modo, acabar con la soberanía regional. Y si Venezuela corre la misma suerte, estaremos quedando solos. Entonces habrá que ser ya no sólo imaginativos sino aprender a ser estratégicos, en un escenario regional ya no tan halagüeño, como lo era en los tiempos del comandante Chávez, cuando la integración regional parecía una carta ganada frente a la reposición imperial del norte.

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