Se nos fue Calderón, el organicista más importante de La Paz

(Abya Yala Culturas).- El organicista más importante de La Paz, el arquitecto Juan Carlos Calderón, se nos fue hoy. Nacido el año 1932 en La Paz, se dedicó desde muy temprana edad a la arquitectura. Vivió muchos años en San Francisco, California, donde estuvo asociado con la Firma de Royston Hanamoto Beck y Abey en calidad de Director de Diseño, retornó a Bolivia el año 1972. Entre 1958 y 1972 trabajó en compañías constructoras de Estados Unidos fue docente universitario y es autor de varios artículos.

 Estudió arquitectura en Oklahoma State University, Oklahoma, E.E.U.U. (Título de Arquitecto en EEUU.), y  entre los años 1958  y 1960  trabajó codo a codo con Jack Nusbaum & Associates, Oklahoma City, E.E.U.U. Desde 1972 a 2016 ejerció de manera profesional independiente en la ciudad de La Paz.
Entre los proyectos más importantes realizados en La Paz,  se halla el Edificio Hansa, el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, el edificio ENTEL, el Edificio Pinilla, el edificio Illimani I, e Illimani II; el edificio Torres; el  USAID; el edificio Ex Banco Boliviano Americano, el edificio de SOBOCE,  y el Edificio EBA; además del edificio donde se alberga el espacio CAV y la Alianza Francesa. A este trabajao realizado en la sede de gobierno, se le suman más de una veintena de obras construidas en Tarija, Santa Cruz, Oruro,  Cochabamba y fuera de Bolivia.
Ha obtenido premios desde 1956 hasta los últimos años, tanto dentro como fuera de nuestro país, y sus imnumerables exposiciones han expandido su propuesta arquitectónica entre las nuevas generaciones.

IDEAS SOBRE LA ARQUITECTURA

[…]  La Arquitectura ha sido siempre la expresión de su tiempo. Ninguna forma del Arte es capaz de brindar de mejor manera un reflejo tan exacto y completo de una determinada época como puede hacerlo ese conglomerado de piedra, ladrillo, hormigón o madera que se transforma en un edificio. El apogeo, la decadencia, la ética, la corrupción, la profundidad o la banalidad se pueden leer a simple vista en una estructura como también se puede establecer por medio de ella los valores que rigieron o rigen a una sociedad. La pesadez de la arquitectura egipcia expresa perfectamente el sistema monolítico, y totalitario durante el cual fue creada. La columna griega, por el contrario, refleja la democratización de sus autores y la sutileza estética que aún sigue influenciando a la Humanidad hasta nuestros días. La ambiciosa escala del arco y la bóveda romanas muestran la mente práctica y organizada de un grande y orgulloso imperio. La fe religiosa de Occidente se materializa en la coherencia visual y estructural de la catedral gótica y, más tarde, los techos aplanados del Renacimiento cambian ese punto de vista y lo hacen descender e iluminar la vida cotidiana del individuo.

En el siglo XIX la humanidad se plaga de indecisiones: el colapso de la aristocracia y la emergencia de una clase media que por primera vez tiene acceso al poder, produce en el burgués una profunda crisis de identidad, no se decide a ser caballero medieval, cónsul romano o príncipe renacentista y sus arquitectos reflejan esa confusión. Es el siglo de los neos, el siglo de la escenografía. Es el admitir la propia bancarrota estética y el solicitar costosos préstamos del pasado, para ser invertidos en la eliminación de la propia inseguridad. La reacción de los jóvenes arquitectos de ese siglo contra el estado de cosas gesta las ideas que en los últimos cien años han transformado al mundo. Para bien o para mal, la verdadera expresión de nuestro tiempo se traduce en una arquitectura que, reflejando las características de nuestra época, ha producido edificios y ciudades que verdaderamente nos representan.

No todo es homogeneidad, sin embargo, en este movimiento arquitectónico contemporáneo. A pesar de comunes denominadores, tales como el tratamiento del espacio, la expresividad de la estructura y la honestidad en el uso de materiales, las filosofías de diseño del siglo XXI poseen entre ellas tales diferencias que unas son en realidad, antítesis de las otras. La gran división parece residir en una disyuntiva fundamental: ¿debe el hombre crear en oposición a la Naturaleza, la cual, por consiguiente, debe ser dominada, o, por el contrario, debe estar en armonía con ella?

¿Debe ser la ciudad, como dice Ortega y Gasset, “¿un ensayo de secesión que hace el hombre para vivir fuera y frente al Cosmos, tomando de él cosas selectas?”, o ¿debe ella ser un organismo viviente que ha nacido, crecido, que vive y que también puede morir?

Tal vez Louis Sullivan, el padre del organicismo estaba acertado cuando dijo: “¡Qué pretencioso es el hombre al creer que vive en un mundo aparte y que esa pequeña cosita que él llama su mente es independiente del Universo!”

La contaminación del planeta, las serias e irreparables heridas al equilibrio ecológico que ha producido el desprecio a la vida y a la Naturaleza constituyen pruebas irrefutables contra la temeridad de quienes creyeron que nuestro mundo podría avanzar exclusivamente por los caminos de la tecnología y del materialismo. Los hijos de Natura se quedaron rezagados, vencidos. Frank Lloyd Wright fue reemplazado en su propio suelo por los príncipes del funcionalismo quienes, después de haberlo creado para construir en masa para el proletariado, vendieron la economía y rapidez de su invento a las corporaciones norteamericanas que lo utilizaron no sólo para la especulación urbana, sino también para proyectar una imagen de poder. El ejemplo, mal copiado, cundió por todo el orbe. La esterilidad se hizo universal. Ahora que una gran y corrupta reacción “á la mode” se hace sentir en los primeros años del siglo XXI en contra de esta terrible deshumanización de la especie, el dedo acusador señala a todo el movimiento moderno como el culpable.

Justos pagan por pecadores y la posibilidad de encontrar una solución al futuro de la Arquitectura por medio de conceptos universales de nuestros días a través de una filosofía de diseño profunda, se diluye en la banalidad de un momento decadente en el que, utilizando formas frívolas o remedos de un pasado incomprendido, muchos arquitectoides están produciendo edificios que ni humanizan al alienado hombre contemporáneo, ni encuentran la aceptación popular que creyeron lograr.

(Tomado de la página web del Artespacio CAV)

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