Si la libertad de expresión es un derecho, la conservación es un deber

Por Tatiana Suárez

Dicen que todo tiempo pasado siempre fue mejor, y es verdad; ese tiempo fue bueno porque ayudó a construir éste, y algún día nosotros seremos parte de ese pasado bueno que ayude a un futuro mejor.

Cuando hablamos de años antes o después de Cristo, intermedio tardío, era glacial, edad de piedra, etc., únicamente mencionamos espejismos que nosotros mismos hemos puesto en nuestro imaginario, sin saber bien qué son, o dónde están.  El tiempo es uno solo: ya sea que se lo piense de forma lineal o cíclica, es uno solo. La palabra pasado y la palabra futuro son apenas simples nociones con las que intentamos explicar algo que nos supera. ¿Cuándo empieza uno, cuándo termina el otro?

El control del fuego, la domesticación de la tierra y de los animales, la rueda, el papel, el bronce, la electricidad y millones de cosas más ideadas antes de nosotros; por los primeros hombres, son las que nos han ayudado a sobrevivir hasta ahora.

La forma en que sabemos de ellos y de sus tecnologías es a través de los vestigios materiales que nos han dejado: pequeñas pistas dejadas en la piedra, en el papel, en la madera, en la mica, en las telas etc., y esa información llega hasta nosotros porque alguien dijo: “Y sí conservamos estas cerámicas, estas flechas, estas cuevas con manifestaciones rupestres, estas pirámides, estos documentos, estos textiles, estos lienzos, estos monumentos etc.”

Imaginemos por un momento, que una plaga hubiera terminado con todas las dinastías asiáticas que tenían las fórmulas para hacer los diferentes tipos de papel, y que no se hubiera conservado la receta. Hoy no tendríamos la cantidad de libros que hay; manuscritos, planos, manifiestos, tratados etc., se hubieran perdido o al menos retrasado y con esa pérdida del soporte se hubiera extraviado también su contenido. Aquí es clave entender como el “pequeño” acto de “conservar” tiene una repercusión a nivel mundial e histórico, ¿podríamos pensar la historia del mundo moderno sin el papel?

Cuando hablamos de la información que se conserva, no nos referimos exclusivamente con tecnicismos relacionados con las ingenierías o las medicinas de los antiguos humanos, sino también se considera a las manifestaciones de sus almas como algo importante.

La restauración y la conservación protegen al genio creador, salvan los más hermosos y atormentados pronunciamientos de nuestra especie, y rescatan las expresiones creativas que se presentan en la poesía, en las partituras, en los dibujos, en los códices filosóficos, y en cualquier soporte donde una persona haya derramado un poquito su ser. Pero también resguardan los manifiestos revolucionarios, los terrores reflejados en los cuadros, los sonidos de dolor en la música y los sueños frustrados que se esconden en los monumentos.

Cada año se van creando y mejorando técnicas de conservación y restauración para asegurar y prolongar la libertad de expresión de los primeros humanos y de los que les siguieron hasta llegar a nosotros. Cuando vemos un cuadro de cualquier escuela estamos teniendo un diálogo con el pintor y sus vivencias, lo mismo sucede al leer a un autor o al escuchar una canción, y cuando vemos un monumento modificado por su contexto es tener un diálogo con sus tres tiempos diferentes. Cada vestigio es un portal de su tiempo que puede ser atravesado si se interpreta su lenguaje, pero también su estado actual es un reflejo de su presente, y de la relación que tiene con su contexto.

La restauración y la conservación trabajan exhaustivamente para poder extender la vida de las ideas que se manifiesta en las cosas, para que la voz de nuestros antepasados no se apague, para que las expresiones de todos los pueblos nos acompañen en este camino llamado tiempo, y para que todos los clamores por justicia no sean olvidados.

Si bien la muerte les ha quitado el cuerpo; la restauración les da vida en la memoria, no muere quien es recordado, quien es recordado es inmortal.

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