Algunos bolivianos migrantes en Argentina están pensando en cuál sería el siguiente lugar para irse. Así lo afirma Delia Colque Quillca, costurera y comunicadora social en Buenos Aires, que sabe que la crisis económica en su país de origen tampoco le da la opción de volver. «Tal vez tengamos que ir a Brasil a probar suerte», dice. Quizás, sin embargo, lo más difícil para los inmigrantes bolivianos en estos momentos, en la Argentina de Javier Milei, sea regularizar su situación. Esto debido a que antes, para iniciar el trámite, los migrantes del Mercosur pagaban 3 mil pesos, hoy deben erogar más de 50 mil: el costo se ha multiplicado en 1.500%. Además, se habla del cambio de requisitos para obtener la ciudadanía argentina. Abogados que trabajan con este trámite recomiendan hacerlo cuanto antes. La situación general para los inmigrantes bolivianos no es fácil de explicar y muchos no quieren hablar públicamente de lo que les inquieta. Hay rumores y desinformación. Y miedo, como el que despierta la reactivación de la Secretaría de Inteligencia de Estado que había sido cerrada en 2015 por su estrecha relación con la dictadura cívico militar de la década de los 70. O por los ataques virtuales de los seguidores de Milei que se han vuelto virulentos. “Boliviano” como insulto “Este Michelo es un boliviano”, insultan por TikTok al salteño que, lejos del estereotipo, tiene la piel blanca. “¿Cuál es el problema con ser boliviano? ¡Si son nuestros hermanos! A mí me recopa su caporal…”, responde Michelo, quien rechaza el odio que él cree que por razones políticas se promueve contra sus vecinos bolivianos. Como sus detractores no pueden llamarlo “kuka” –forma de nombrar despectivamente a quienes militan el kirchnerismo–, a Michelo le dicen “boliviano”. Con la coalición La Libertad Avanza en el poder, y con Milei a la cabeza, se han desfinanciado programas de políticas públicas contra la discriminación, racismo y xenofobia. El clima que se vive en las redes sociales digitales, donde anida el discurso oficialista, es explícitamente negacionista de la dictadura cívico militar de 1976 y del cambio climático, antifeminista y contrario a los derechos humanos, por ejemplo los de los migrantes de países vecinos. El community manager de Javier Milei, Iñaki Gutiérrez, el 27 de marzo hizo un post en X festejando el haberle “bajado el plan” a 22 mil bolivianos. Esta información que salió en un boletín oficial el 23 de febrero, fue difundida por Daniel Parisini –que es como un jefe de comunicación del gobierno y que actúa como un troll en redes – quien celebraba el dato como gran hazaña de reducción del gasto público. El uso de “bolita” como insulto no es nuevo. En la década de los 90, durante los períodos del gobierno conservador de Carlos Menem, la situación se agudizó para los migrantes que habían cruzado la frontera atraídos por el 1 por 1 (programa de conversión monetaria en el que un peso argentino era lo mismo que un dólar americano). El rechazo y la discriminación de ese tiempo motivó al cineasta argentino Adrián Caetano a reflexionar al respecto en la película Bolivia estrenada en 2002. La situación, exacerbada por la crisis de principios de siglo, se moderó durante el primer gobierno de Néstor Kirchner. Pero hoy, nuevamente lo boliviano parece concentrar el rechazo. Como se lee en redes, la gente que se siente ofendida califica al supuesto ofensor no con un “colombiano” “senegalés” o “chileno”. Dice “boliviano” casi invariablemente. A nivel de medios tradicionales, las noticias relacionadas con la comunidad boliviana en ese país suelen tener tintes de crónica roja. Fue así que se informó sobre un incidente en el barrio de González Catán, donde bolivianos fueron engañados con la venta de terrenos para construir viviendas. “Toma de tierras sale mal, disparan a cinco bolivianos en enfrentamiento”, tituló la prensa. En realidad, las víctimas de González Catán eran personas que habían comprado esas tierras y estaban en una reunión barrial porque querían conseguir servicios básicos. Su objetivo era que el municipio se involucrara en resolver las necesidades del nuevo barrio, pero quienes les habían vendido los terrenos –una mafia que primero vende para luego echar al comprador y revender– no estaban de acuerdo y fueron los que empezaron a disparar; no hubo enfrentamiento sino un ataque premeditado. Los comentarios ante esos hechos son reveladores: “Encima que vienen a vivir de los planes del Estado, vienen a robar tierra, Argentina qué país generoso”, dice alguien. “Hay que matarlos a todos, tienen que volver a su país”, afirma otro. Ese tipo de comentarios solían ya aparecer en redes sociales digitales, pero ahora sin pudor y más cuando desde niveles de gobierno se lidera la discriminación. “Este gobierno de Milei fomenta los discursos de odio”, apunta Johana Arce, fotoperiodista argentina de rasgos andinos que trabaja en el medio antirracista Sisas, con base en Buenos Aires: “Se profundiza la vulneración de derechos y las personas migrantes o racializadas nos encontramos con la ausencia de herramientas para contrarrestar los discursos que, como en los 90, incurren de forma sistemática en que seamos chivos expiatorios con ataques de odio racista”. En los años 90, en pleno neoliberalismo y mientras la privatización dejaba en la calle a la ciudadanía argentina, una oleada de bolivianos cruzó la frontera. Fue una gran inmigración y muchas personas recalaron en el trabajo textil, espacio con mucha demanda de mano de obra y de explotación y discriminación también. “Los migrantes limítrofes se transforman en un perfecto chivo expiatorio en los momentos de crisis y así nace una fuerte discriminación”, dice la argentina Lucía Bachi. Esta antropóloga especializada en las radios bolivianas de Buenos Aires considera un error el reciente desfinanciamiento de entidades como el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), pues se hace muy difícil visibilizar el fenómeno y, por tanto, ponerle un freno o aplicar la ley argentina 23.592, que prevé prisión de hasta tres años para quien participe de alguna acción que justifique la discriminación o la propaganda de superioridad racial. El bolita A pesar del estigma que encierra la palabra “boliviano”