Valter Pomar (Traducción al español: Gabriel E. Vitullo) Las elecciones terminaron, pero los grupos de Whatsapp siguen a todo vapor. El tema del momento es el conjunto de manifestaciones de los «sectores radicales pero sinceros» del bolsonarismo. En uno de esos grupos acabo de leer lo siguiente: «Lula tiene que trasladar la sede del gobierno a Salvador y gobernar desde allí hasta que se normalice la situación. Quiero ver si allí van a querer hacer de las suyas». Este simple comentario es absolutamente brillante, por tres razones. Primera razón: «hasta que» la situación se «normalice». Afrontémoslo: los bloqueos y el alboroto bolsonarista pueden hasta bajar de intensidad, pero mientras el bolsonarismo tenga la influencia que tiene, no habrá «normalización». De hecho, fueron muchas las veces que se advirtió: el problema no acabaría el 30 de octubre. La «normalidad», por si alguien lo había olvidado, fue algo así: la izquierda se movilizaba y, cuando pasaba ciertos límites, parte del aparato estatal se esmeraba en reprimirla. Ahora, en cambio, lo que estamos presenciando es otra cosa: la derecha movilizándose con una retórica aparentemente insurreccional y parte del aparato estatal estimulando y solidarizándose con la confusión generada por esa derecha. El centro de atención en este momento pasa por la Policía Caminera Federal. Pero esa policía no está sola. Mientras no haya cambio de mando y depuración en estos aparatos de seguridad colonizados por el bolsonarismo, no habrá «normalización» (recordemos que lo «normal» no es lo ideal, como lo demuestran los estándares de actuación policial incluso en estados gobernados por la izquierda y recordemos, también, la inmensa cantidad de armas que tienen en su poder las personas de extrema derecha). Segunda razón: Lula no puede «trasladar la sede del gobierno a Salvador», entre otras razones por el simple hecho de que todavía no hay gobierno de Lula. Lula prestará juramento el 1 de enero. Hasta entonces el presidente es el cavernícola. La mención extemporánea de la transferencia de la sede del gobierno está relacionada con un aspecto bastante extraño de la situación actual. Me explico: la movilización de los camioneros (o más exacto es decir: el lock-out patronal de empresarios del sector) ya se ha visto como una preparación para duros ataques, incluso golpes de Estado, contra gobiernos de izquierda en el ejercicio de sus funciones. Pero no recuerdo que una movilización de este tipo haya sido utilizada como pretexto para impedir la asunción de un presidente electo. Obviamente: como la clase dominante es muy creativa, nunca se puede descartar ninguna posibilidad. Pero el hecho es que el presidente electo aún no tiene los medios para manejar administrativamente la situación. Quienes tienen estos medios administrativos son los cavernícolas y las demás autoridades establecidas, incluidos los gobernadores e intendentes. Tercera razón: para tomárselo en solfa. Aunque a veces hasta nos puede hacer reír, aunque sea de nervios, en este caso lo que está llevando a cabo la ultraderecha es la tercera vuelta. La tercera vuelta podría durar días o años, y eso dependerá en parte de las decisiones de la cumbre ultraderechista, empezando por la del cavernícola. Y éste hasta ahora está en silencio. ¿Qué es lo que él quiere? ¿Nuevas elecciones? ¿Impedir que Lula asuma el cargo? ¿Crear un caos tal que justifique una intervención militar? ¿Negociar un indulto preventivo? ¿Una salida honrosa de los sectores «radicales pero sinceros» de sus bases? ¿Enviar un mensaje para hacer saber cómo será la oposición al futuro gobierno? ¿Simplemente crear un poco de alboroto, algo inherente a su propia naturaleza? Especulaciones aparte, sabemos lo siguiente: si realmente el objetivo es tratar de evitar que Lula asuma el cargo y convocar a nuevas elecciones, se necesitará mucho más que los cortes de ruta actuales… Se necesitará, entre otras cosas, una movilización masiva del propio bolsonarismo, que en su mayor parte observa los acontecimientos desde lejos. Los bloqueos y otras medidas pretenden, entre otros objetivos, llamar la atención sobre la necesidad de esta movilización, aunque pueden tener el efecto contrario, por el daño que causan incluso a los votantes del cavernícola. Por eso, aunque esto angustia a todos aquellos que están acostumbrados a la inmediatez de las redes sociales, hoy lo mejor es esperar, exigir a los actuales gobernantes que actúen como deben y evitar enfrentamientos que contribuyan a agravar la situación. Aunque sin dejar de considerar que existen enfrentamientos que sí ayudan a paliar la situación, como es el caso de los trabajadores que crean las condiciones para despejar pacíficamente y por su cuenta ciertos caminos y como es el caso, también, de las unidades policiales que, bajo las órdenes de jefes más o menos civilizados, actúan en la misma dirección. ¿Y mañana? ¿Qué haremos? Esto depende de la evolución de los acontecimientos. Porque, como decíamos antes, no vivimos tiempos de “normalidad”, en los que la evolución de los hechos sigue un guión más o menos previsible. Las urnas se pronunciaron el 30 de octubre. Derrotada, la extrema derecha comenzó la tercera vuelta, movilizando las redes, parte de las milicias y los cuarteles, e intentando movilizar las calles. Hasta ahora no han tenido éxito. Pero si la movilización de la extrema derecha llegara a ganar carácter de masas, entonces será necesario reaccionar de otra manera. Siempre recordando que, mientras no haya cambio de mando y depuración en el aparato de seguridad colonizado por el bolsonarismo, seguiremos en estado de sobresalto. http://valterpomar.blogspot.com/2022/11/sobre-os-bloqueios.html?m=1