Cómo logré «huir» del monasterio de claustro donde viví 12 años como monja

Un domingo por la mañana, sin pedir permiso, Florencia Luce levantó el teléfono y llamó a sus hermanos. «Espérenme en casa. Necesito hablar con ustedes», les dijo. Juntó sus pocas pertenencias, cruzó el portal y puso un pie en la calle. La idea le rondaba por su cabeza desde hace meses, años. Pero no fue sino hasta una mañana de diciembre que juntó el coraje necesario para huir del monasterio contemplativo donde había pasado los últimos 12 años de su vida como monja de clasura. No es que hubiera estado secluida allí por la fuerza. En absoluto. Pero el control y la manipulación psicológica que se ejercían puertas adentro de la institución religiosa hicieron que le resultara imposible pensar en marcharse de otra manera. A la distancia, Luce -que se crió en una familia argentina típica de clase media de un barrio tradicional- ve su experiencia como el resultado de su propia confusión, la necesidad de encontrar su voz en medio de una familia numerosa, y el peso contundente de las influencias de su entorno. Su idealismo, sus ansias de cambiar el mundo, así como los consejos errados que recibió por parte de su guía espiritual, la llevaron por un camino totalmente equivocado para ella. Si bien reconoce haber pasado momentos hermosos («disfrutaba el canto gregoriano, el estudio, el cariño de mis compañeras»), su vida monástica estuvo marcada por las pequeñas mezquindades de la cotidianeidad en el encierro, la hiprocresía, el secretismo, y un cúmulo de preocupaciones triviales muy alejadas de la vida espiritual que tanto anhelaba al entrar. Aún así, demoró más de una década en salir. «Es como cuando estás en un mal matrimonio y te seguís quedando sin entender por qué, o como cuando estás en una secta», explica reflexionando sobre su experiencia, que plasmó en la novela inspirada en sus vivencias «El canto de las horas». Desde New Jersey, Estados Unidos, donde trabaja y vive con su marido y su hija, Luce conversó con BBC Mundo. Este es un resumen de su relato en primera persona. Crecí en Buenos Aires en una familia de clase media de 5 hermanos. Y aunque en mi infancia íbamos a misa, la religión estaba ausente en nuestra casa. Pero mi colegio secundario, que era laico, tenía un fuerte componente religioso. Fue en ese ambiente y a través de los amigos que me fui empapando de ese espíritu y cuando llegué a los 19 años, empecé a plantearme la vocación. Ya estudiando agronomía en la Universidad Católica, sentí el «llamado». Fue de repente, rápido. Me acuerdo perfectamente del momento en que tuve la sensación de que Dios me llamaba, fue una sensacion física. En ese momento comencé a tener un director espiritual, un sacerdote que me habló del monasterio y me dijo que yo era la persona ideal para ese lugar de vida contemplativa. Cuando pienso ahora en todo esto ya no lo veo así, creo que ese «llamado religioso» era parte de mi delirio y cuestionamiento. Yo digo que se me presentó de afuera hacia adentro y no de adentro hacia afuera. Hoy lo veo como algo con lo que me topé y traté de calzarlo, porque sentía la necesidad de irme de mi casa. Así como mis amigas -en un ambiente que era tradicional y conservador- se casaron a los 20 por la necesidad de irse, a mí se me presentó la posibilidad de irme a un monasterio. Si bien no había grandes conflictos dentro de mi familia, había mucha gente en mi casa, mucho ruido, y yo tenía la necesidad de buscar un espacio propio. Fue un error, un impulso. Yo era muy idealista y necesitaba encontrar algo trascendental, quería hacer algo por el mundo. Podría haber ido a misionar al norte si mi director espiritual me lo hubiera sugerido, pero él me guió hacia ese monasterio contemplativo de clausura. La decisión Además de mis padres, nunca tuve alguien que me dijera esto no es para vos. Cuando les conté mi decisión, reaccionaron mal, no lo podían entender. Mis hermanos me decían que estaba loca. En ese momento, antes de entrar, tenía muchos amigos, era una persona sociable, deportista, tenía un novio, iba a bailar. Pero cuando fui a hablar con la abadesa del monasterio ya no consideré otra cosa, me fanaticé y me decidí a entrar. Me aceptaron enseguida, nunca me dijeron que espere, que lo piense, que termine primero mi carrera, ni cuestionaron mi fe tan frágil. Y cuando me hablaban de la vida monástica, a mí me parecía perfecta. Las reglas Al entrar al monasterio, cortas tu vínculo con el mundo exterior. LLevé un bolsito con ropa muy simple. No puedes entrar con libros o una radio, ni nada personal. Me asignaron a una joven que me mostró el lugar, me explicó las rutinas y las reglas, porque ingresas a un mundo donde tienes que obedecer un montón de reglas. La del silencio, por ejemplo: mientras cocinas, limpias o vas a clase no está permitido hablar. Solo hay un recreo donde puedes conversar libremente. Te levantas antes del alba, y tu día está marcado por oraciones litúrgicas -que en la vida contemplativa son cantadas y comunitarias-, meditación, estudio, trabajo y más rezos. Rezas por tu familia o por los conflictos que te indican. Hoy, por ejemplo, sería por la guerra en Ucrania. La abadesa es quien lo decide. Ella recibía el diario todos los días, recortaba las páginas que consideraba de interés general y las dejaba en una sala donde todas las podíamos leer. Toda la información llegaba filtrada, censurada. No tenías acceso a otra información: tu fuente era la superiora o lo que te contaba tu familia si venía a verte, en visitas que cada vez se hacían más espaciadas. La idea era que todas estas actividades te condujeran a un estado de meditación y adoración a Dios. Mundo mezquino Yo me encariñé mucho con las hermanas que estaban allí, eran personas muy espirituales que se tornaron en mi familia. Pero hilando fino, ahora veo que allí había mucho

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