Ganó más de 20 premios en festivales internacionales y se exhibió en salas de Europa, América y Asia. La película dirigida por Álvaro Olmos Torrico se estrena en Bolivia con la expectativa de reconectar al público local con el cine nacional
El 7 de mayo, La Hija Cóndor aterriza en las salas bolivianas, pero su regreso a casa empieza antes y se despliega en tres momentos clave: preestreno en La Paz, premier en Cochabamba y presentación en Santa Cruz. La película dirigida por Álvaro Olmos Torrico llega al país después de recorrer más de 40 festivales, cosechar más de 20 premios y abrirse paso en un circuito internacional donde el cine boliviano rara vez logra consolidarse. No es un estreno más: es el retorno de una obra que ya fue celebrada afuera y que ahora se enfrenta al desafío de dialogar con su propio público.
La primera parada es el martes 5 de mayo, en el Multicine de La Paz, a las 19:30. Luego, el jueves 7, día del estreno nacional, el equipo acompañará la premier en Sky Box de Cochabamba, a las 20:00. El sábado 9 de mayo, la cinta llega a Santa Cruz, con una función especial junto al director y parte del elenco. Olmos lo resume con claridad: después del largo recorrido internacional, lo que más le importa es “compartirla finalmente en nuestras salas”.
Esa afirmación revela el eje profundo de esta historia. La Hija Cóndor no vuelve solo con premios; vuelve con una pregunta abierta: si el público boliviano está dispuesto a reencontrarse con su propio cine. Para Olmos, ese vínculo está debilitado. Habla de un “divorcio” entre la producción nacional y las audiencias, y plantea este estreno como una oportunidad para reconstruir esa relación desde la experiencia compartida.
La trama se construye desde lo íntimo. Dos mujeres —madre e hija— viven en una comunidad rural de los valles. La mayor es partera y guarda un saber ancestral. La joven, llamada a sucederla, posee un don singular: canta durante los partos y con su voz mitiga el dolor de las embarazadas. Para la comunidad, ese talento es un signo de los ancestros; para ella, en cambio, es el inicio de una inquietud más grande: descubrir qué hay más allá de la montaña.
Olmos explica que la historia gira en torno a esa dualidad entre el área rural y la ciudad, entre la tradición y la exploración. Pero ese conflicto también dialoga con una tensión universal: cómo sostener lo heredado sin quedar atrapado en él, y cómo buscar nuevos horizontes sin romper con las raíces que definen la identidad.
El reconocimiento internacional no es casual. El director habla de un proceso largo, marcado por años de trabajo en el guion, investigación en comunidades y una producción que combinó talento boliviano con técnicos de alto nivel. Esa apuesta elevó la calidad de la propuesta visual y sonora, con una fotografía cuidada, una banda sonora premiada y actuaciones que sostienen la narrativa desde lo emocional. El palmarés confirma ese recorrido. La película obtuvo premios en Francia, España, Bulgaria, Bélgica, Colombia, Italia y Cuba. Entre los principales reconocimientos destacan el Gran Premio Kinolatino en Bruselas, el premio a Mejor Largometraje de Ficción en Pessac, el Abrazo a Mejor Película en Biarritz y galardones en festivales de La Habana, Cali y Málaga, donde también fue distinguida por su música y actuación de reparto.
Más allá de los premios, la película ha demostrado una capacidad poco frecuente: conectar con públicos diversos sin perder su raíz local. En cada proyección, la historia encontró eco en experiencias universales, como el vínculo con la tierra, la tensión entre tradición y cambio y la búsqueda de identidad. Esa conexión confirma que el cine boliviano puede dialogar con el mundo sin diluir su esencia.
Pero el verdadero desafío comienza ahora. En Bolivia, el cine nacional enfrenta una relación compleja con su audiencia. Por eso, el estreno de La Hija Cóndor es también una prueba: no solo de convocatoria, sino de identificación. No se trata únicamente de ver una película, sino de reconocerse en ella.
Olmos lo plantea como una invitación directa: reconectar con el cine boliviano, mirarlo sin prejuicios y asumirlo como parte de una memoria compartida. En ese gesto, la película deja de ser un producto cultural para convertirse en una experiencia colectiva.
Al final, La Hija Cóndor no habla solo de una joven que duda entre quedarse o partir. Habla de algo más profundo: de esa tensión constante entre lo que somos y lo que queremos ser. Y en ese dilema, íntimo y universal, encuentra la fuerza que la hace volar.
Una historia entre tradición, canto y ansias de libertad
‘La Hija Cóndor’ narra la historia de una joven partera quechua con un don singular: aliviar el dolor de las mujeres embarazadas a través del canto.
Su madre, también partera, interpreta ese talento como una señal divina y espera que continúe el legado. Sin embargo, la protagonista se enfrenta a una decisión que marcará su destino: quedarse en su comunidad o cruzar la montaña para perseguir su sueño de ser cantante.
La película explora esa tensión entre tradición y modernidad, entre lo heredado y lo deseado, en un relato profundamente humano que dialoga con la identidad, el territorio y las transformaciones personales.
Fuente: El Deber


