Álvaro García Linera

Álvaro García Linera desmenuza los mitos neoliberales: Qué gana Estados Unidos con la guerra en Ucrania

De paso por México para asistir a la novena Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales (Clacso), Álvaro García Linera, ex vicepresidente del Estado plurinacional de Bolivia, reflexionó sobre los cambios vividos en América Latina a raíz de la guerra entre Rusia y Ucrania, la pandemia, la relación de la región con Estados Unidos, la creciente presencia china en América del Sur, las elecciones en Colombia y la condena a 10 años de prisión de la golpista Jeanine Áñez. Alejado de responsabilidades gubernamentales, pero activo políticamente, asegura que, con la guerra, los estadunidenses están felices porque van a vender su gas y petróleo a Europa, un mercado al que no habían entrado. Sostiene, además, que el desmantelamiento de los sistemas sanitarios en la región, basado en principios de rentabilidad y promovido por gobiernos neoliberales, es un crimen histórico. –¿Cómo ha afectado a América Latina la guerra de Rusia y Ucrania? –En lo inmediato, en lo económico será ambivalente. Los países que producen combustibles y alimentos mejorarán sus ingresos y divisas. La guerra con Ucrania ha acelerado la subida de los precios del gas, petróleo y alimentos. Hemos entrado a un ciclo de precios altos de las materias primas, de mediano alcance. La sustitución del mercado de la oferta de Rusia no va ser fácil ni instantánea. Vamos a tener petróleo por encima o bordeando los 100 dólares cinco años o quizás más. Igual con los alimentos. Pero para los países que necesitan importar estos productos será complicado, porque tienen que meter más dinero para garantizar la seguridad alimentaria. Y, para mantener estable el mercado del parque automotor, requieren aumentar las subvenciones a los combustibles, sacando dinero de otras fuentes, por ejemplo, de programas sociales contra la pobreza. En lo político-cultural es una señal que golpea la narrativa y la lógica del libre mercado planetario, que nos indujeron durante 40 años en América Latina. El que venga un presidente y con un decreto desglobalice 20 por ciento del territorio del mundo, y a un porcentaje parecido de la población, es un choque muy fuerte. Se supone que las leyes de libre mercado son naturales, que se valen por sí mismas, que no dependen de la voluntad humana. Sin embargo, viene un presidente y dice: ‘estos señores quedan desglobalizados, fuera del circuito financiero, fuera de la venta de mercancías’. El petróleo ruso es más barato que el crudo y que el gas norteamericanos, pero por decreto los rusos quedan fuera del libre mercado. Los estadunidenses están felices porque van a vender su gas y su petróleo a Europa, que era un mercado al cual no habían entrado. Pero la gente común dice: ‘¿cómo es que el libre mercado es una ley natural de la humanidad y la decisión de un gobierno la anula? ¿A qué están jugando? ¿No que el libre mercado es el destino de la humanidad?’ Aunque no se han dado cuenta los grandes gobernantes del mundo, eso provoca una serie de cataclismos cognitivos en la sociedad. Están generando un caos cognitivo. ¿A dónde vamos? Ese caos produce una incertidumbre desgarradora y desazón. Hace unos días, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), la señora Kristalina Georgieva, decía, alarmada y apenada: ‘el horizonte se ha oscurecido’; el tramado de nuestro mundo se está deshaciendo. Eso va a tener efectos prácticos en la actitud de las personas al definir su horizonte. Sin embargo, en América Latina hay una buena oportunidad para enfrentar los efectos de la guerra, en términos económicos y sociales, con reformas progresistas de segunda generación que no vimos en la primera. Una de ellas es fortalecer la agricultura pequeña y mediana, para lograr la soberanía alimentaria de tu país y tu región, y exportar los excedentes para generar ingresos y regalías. –América Latina es una de las regiones más afectadas con la pandemia, con más muertos. ¿Qué balance haces de los efectos de esta plaga en la región? –Primero: el desmantelamiento de los sistemas de salud de nuestros países, basado en el principio de rentabilidad y gasto mínimo, que implementaron gobiernos neoliberales, ha sido un crimen histórico. Esto provocó que, al enfrentar una adversidad tan terrible y planetaria, estuviéramos maniatados para proteger a la población. Una tarea a largo plazo es reforzar y potenciar un sistema de salud plural, comunitario, barrial, de grandes centros de atención médica; gratuito y universal, para todos los habitantes. La segunda son las terribles injusticias planetarias, y cómo, cuando viene una tragedia, los países que vociferan ‘libre mercado’ y ‘Estado mínimo’ se encierran, se vuelven proteccionistas, decimonónicos, no sueltan ni una medicina ni un respirador, se tragan sus palabras. Se vuelven los primeros defensores del proteccionismo y de un soberanismo de gran imperio y gran potencia, que deja al resto de países abandonado y liquidado. Algunas naciones ni siquiera con dinero podían comprar vacunas cuando salieron las primeras, tuvieron que esperar. Hasta el día de hoy hay otros que siguen esperando tenerlas. Es un mundo muy injusto. El mercado no es un buen distribuidor. Saquemos de la cabeza la idea de orden mundial solidario, de libre mercado, regulador automático y natural que equilibra las cosas. Los ricos se protegen y se encierran y les importa un comino lo que pase con el resto de los pobres. Ni el sometimiento a grandes imperios y grandes potencias te va a proteger. Ellos se protegen a sí mismos. Ésa es la lógica, casi de ley de la selva, que ha regido durante la pandemia. Y eso se va repetir en los siguientes años. Tercera. ¿Quién ha salvado los mercados? No el mercado. ¿Quién ha salvado las bolsas de valores? No la bolsa de valores. ¿Quién ha salvado a las grandes empresas del mundo? No han sido ellas. Ha sido el Estado, el denostado, maldecido, vapuleado Estado, el que ha salido a imprimir dinero para proteger parcialmente a los más pobres y, fundamentalmente, para que no colapsen y se derrumben los mercados. El Estado sigue siendo el gran aglutinador de las estructuras sociales de nuestro mundo,

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Álvaro García Linera, el gurú intelectual de Boric: “Su gran desafío es no defraudar la expectativa de cambio social”

Alejandro Tapia En esta entrevista con La Tercera, el ex vicepresidente de Bolivia sostiene que sin movimientos sociales, los gobiernos se convierten en “moderados”, pero “con movilización social vas a tener proyectos más radicales de transformación”. Además, García Linera aborda sus mayores corrientes de pensamiento: la plurinacionalidad y los procesos constituyentes. Cuando el pasado 21 de enero Gabriel Boric dijo en una entrevista con la BBC que tenía una “cercanía ideológica” con Álvaro García Linera –”independiente de la edad que tenga”, el ex vicepresidente boliviano tomó aquellas palabras con “agrado” y, además, las consideró “un honor”. Y cuando semanas atrás recibió una invitación del Presidente chileno para que asistiera al cambio de mando, se sintió “un poco abrumado”. Pero García Linera (Cochabamba, 1962) no lo pensó dos veces y el jueves aterrizó en Santiago convertido en uno de los mayores referentes intelectuales del joven Mandatario. El exnúmero dos del gobierno de Evo Morales entendió la frase de Boric “como un reconocimiento a la fuerza creativa del proceso revolucionario, popular e indígena de Bolivia”, según explica el propio García Linera en esta entrevista con La Tercera. Antes de la toma de posesión del viernes, García Linera había cruzado unas pocas palabras con Boric. Fue, según recuerda el intelectual boliviano, “por allá por 2013 o 2014, cuando en una conferencia en una universidad en Santiago, compartí en un encuentro casual con los líderes estudiantiles que habían surgido de las luchas de 2011″. Desde ese momento, monitoreó de cerca las actividades de Boric, Camila Vallejo y Giorgio Jackson y, más tarde, todo el proceso derivado del estallido social de 2019, incluido el actual trabajo de la Convención Constitucional. De alguna manera, aunque con evidentes matices y diferencias, García Linera ya había vivido todo aquello en su propio país. “He hecho un seguimiento a las acciones de estos estupendos líderes chilenos que han emergido”, sostiene. García Linera dedicó tiempo a esto mientras ejercía la vicepresidencia boliviana. A ese cargo llegó junto a Evo Morales en enero de 2006 y lo ejerció hasta 2019. Nunca nadie en Bolivia había gobernado durante tanto tiempo. En esos casi 14 años el dirigente boliviano no solo “cogestionó” junto a Evo las decisiones clave de su gobierno, sino que fue el principal teórico e ideólogo de todo el proceso que derivó en que Bolivia se constituyera en 2009 como un Estado Plurinacional, cambio de Constitución de por medioEl objetivo de que el país tuviera a un indígena como jefe de Estado, García Linera comenzó a considerarlo a mediados de los 80, cuando después de haber estudiado en profundidad a Karl Marx y haberse sumado a comunidades aimaras, concilió la teoría marxista con el “katarismo”, la corriente inspirada en Tupac Katari que dio sustento ideológico a las movilizaciones sociales que años después llevaron al poder al Movimiento Al Socialismo (MAS), con Evo a la cabeza. Formado en la Universidad Autónoma de México, García Linera reside en Buenos Aires, donde ejerce como profesor, aunque también divide su tiempo entre Bolivia y Perú. Hasta la capital argentina llegó a fines de 2019 luego de un breve autoexilio en Ciudad de México después de su abrupta salida del poder el 10 de noviembre de 2019, día en que junto a Evo renunció en medio de una revuelta social azuzada por la oposición. Esto, tras denuncias de supuesta manipulación electoral en los comicios de octubre de ese año, en los que Morales y García Linera pretendían ser reelectos por tercera vez. De Bolivia se fue con un maletín, cuatro libros y ropa de su hija Alba, de cuatro años. Aunque traumático, García Linera ya conocía los embates del poder: estando en México se adentró en las guerrillas indígenas campesinas de Guatemala, los movimientos populares de El Salvador y el sandinismo en Nicaragua; a su regreso a Bolivia, en 1984, se sumó a los Ayllus Rojos (una organización radical campesina) y cofundó el Ejército Guerrillero Tupac Katari; hasta que en abril de 1992 fue arrestado y pasó cinco años en la cárcel, donde estudió Sociología de manera autodidacta. García Linera dejó la prisión en 1997, el mismo año en que Evo se convirtió en diputado. Ahora, el ex vicepresidente boliviano ya no vive días tan turbulentos. Esto, gracias a que en las elecciones de 2020 triunfó otro dirigente del MAS: Luis Arce Catacora, quien ejerce actualmente la Presidencia tras un breve pero convulsionado período liderado por Jeanine Áñez (derecha), procesada por incumplimiento de deberes, sedición y terrorismo. Este último tiempo, García Linera lo ha ocupado para elaborar con más profundidad su pensamiento, mezcla de marxismo e indigenismo, fruto del cual en 2019 surgió la publicación de Qué horizonte: hegemonía, Estado y revolución democrática, en coautoría con Íñigo Errejón, politólogo español y uno de los fundadores de Podemos. De ahí que se haya convertido en una suerte de “gurú” de los movimientos sociales en diferentes países. ¿Qué hace distinta a esta nueva generación de dirigentes políticos chilenos? ¿Por qué le llamó tanto la atención? Ellos emergen en medio de la protesta social. Ese es un primer elemento diferenciador, porque cualquier forma de protesta colectiva es un modo de ruptura cognitiva, que cierra viejos paradigmas, viejos sentidos comunes e inaugura nuevos. Lo segundo es que es una generación de líderes estudiantiles que reflexiona y al mismo tiempo actúa. La tercera característica es que representan el primer punto de ruptura del consenso neoliberal que prevaleció en el continente y en Chile, por supuesto, porque interpelan el sistema de partidos políticos, de las estructuras institucionales de los intelectuales y la academia. Y, por supuesto, la cosa que más me llamó la atención es su vínculo con la lucha por el poder: es una protesta social que rápidamente intenta proyectarse en términos de luchar por el poder del Estado para reformarlo. ¿Hay algún símil en Latinoamérica o el mundo respecto de esta generación? Hubo en los años 60-70 una gran explosión estudiantil que derivó luego en la formación de la izquierda radical. La diferencia con esta nueva generación en el

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Evo Morales y Álvaro García Linera: «El golpismo no ha desaparecido, ha renacido de otra manera»

Imagen: Bernardino Avila Buenos Aires / Página12 . – Se conocieron tres décadas atrás en una reunión sindical de la Federación del Trópico en un lugar parecido a un «gallinero». El destino volvió a cruzarlos en 2005, cuando como compañeros de fórmula presidencial tomaron las riendas de una Bolivia frágil y siempre expuesta a los poderes externos. En 2019, luego de 14 años en el gobierno y un nuevo proceso electoral que quedó trunco entre denuncias de fraude nunca comprobadas, tuvieron que abandonar un país en llamas. El año 2020 los reencontró en aquella histórica vuelta a Bolivia para celebrar el retorno a la democracia de la mano del presidente Luis Arce. Un año después, Alfredo Serrano Mancilla consigue volver a juntarlos cara a cara en Buenos Aires. Se trata de Evo Morales y Álvaro García Linera, o al decir del expresidente boliviano, «una yunta, un toro negro y un toro blanco». Aprovechando su viaje a Argentina para asistir a la presentación del libro Evo, operación rescate, Morales y García Linera pasaron por La Pizarra, el programa que se emite los sábados de 15 a 17 horas en AM 750. Y más que una entrevista de Serrano Mancilla, el encuentro fue una excusa para intercambiar recuerdos de la infancia, de los años de militancia y del primer cruce entre ambos. También hubo tiempo para el repaso por los momentos más duros del golpe, que incluyeron el caótico viaje que los depositó en territorio azteca. De su posterior estadía como asilado en Argentina, García Linera reconoce sobre todo la «solidaridad del pueblo» y «el empoderamiento de las mujeres». Morales, en tanto, habla una y otra vez con orgullo de su emprendimiento de cría de tambaquí, un pez de agua dulce que le lleva buena parte de su rutina diaria. Además, vuelve a repetir algo que con el tiempo se convirtió en una de sus grandes máximas: «Hay que enamorarse de la patria y no de la plata». –Serrano Mancilla: Quiero empezar este encuentro hablando de los sueños. Quiero saber si Evo se acuerda de los sueños de cuando era pequeño. –Morales: Bueno,sabe Álvaro que soy soñador… Recuerdo perfectamente a mis 12, 13, 14 años en el pueblito de Orinoca, el pueblo que me vio nacer y más abajo en sus bofedales, su vertiente de agua llamada La Cruz. Estaba caminando y en mis sueños veovíbora, víbora, víbora. Hay un momento en que no puedo caminar ya. Me miro y por debajo de mí, víboras. Empecé a llorar y desperté llorando. Ya no podía dormir. Cuando tenía mis 15, 16 años soñé que había estado volando de Orinoca hacia mi cerro Cuchi. Estaba volando, pensando: «Así debe volarse en avión». Y de golpe aparecen nubes y empiezo a asustarme, ya no veía nada. Otra vez empiezo a llorar y despierto llorando. El tema del sueño de las víboras lo comenté a mi madre. Mi madre me dijo: «Evito, en tu vida no te va a faltar plata». Solo me dijo eso. Pero cuando le informé a mi padre mis sueños, me dijo: «Evo, va a ser algo en la vida, pero para ser respetado en la vida hay que saber respetar a mayores y menores». Aprendí bastante de mis sueños de niño. —¿Y tú, Álvaro? ¿Eres de soñar, te acuerdas? –García Linera: Bueno, doy fe de la gran capacidad que tiene Evo de soñar y de acordarse, y muy vinculado a cosas que van a suceder. Soy un estudioso de los sueños de Evo y estaba muy atento a cómo él se sentía para enfrentar retos, problemas que había en gestión de gobierno. Y en mi caso, claro, como todo ser viviente sueño, pero no me acuerdo. Me cuesta muchísimo acordarme de los sueños. —¿Y cuál es la persona que más los ha influenciado cuando eran jóvenes? –Morales: En temas de moral, de ética y disciplina mis padres. La familia Morales era muy querida en Orinoca, muy respetada. ¿Sabe qué decían? Los Morales no pegan a su mujer, y mi madre me decía: «A la mujer no se agrede físicamente, no se pega». Y mi papá con su doctrina: «No se pega a la mujer. La mujer es costilla del hombre. Si pegas a la mujer, tú mismo te estás pegando». Son parte de los valores que me dejaron mis padres. Me acuerdo de un profesor que también falleció, el profesor Justiniano López, que entraba a las clases y hablaba de nuestra realidad. Creo que era profesor de Geografía, y decía: «Ustedes, jóvenes tan simpáticos, con semejante melena, pantalón ancho de botas anchas a la moda, pero viven una casita de hollín». Y protestaba yo y decía: «¿Por qué tiene que hablar de mi familia, de mi casa, de mi cocina?» Yo no aceptaba mentalmente, pero tampoco protestaba ante el profesor. Después nos conocimos cuando era diputado, y cuando gané la presidencia lloró el profesor Justiniano López. Nos hacía conocer la realidad, explicar cómo la podíamos mejorar. Claro, no se conocía fruta ni verdura. La comida era maíz, trigo, quínoa, chuño, papa. Entonces nos explicaba por qué no comen fruta, por qué no comen verdura. Era puro cuestionamiento. Yo quería que me hable de geografía y no de estas cosas. Protestaba momentáneamente pero era el mejor profesor para mí. —Y en tu niñez Álvaro, ¿quién te dejó esas huellas que todavía seguramente se te vienen a la cabeza? –García Linera: Fundamentalmente mi madre. Vivir del propio trabajo, no vivir de rentas ni vivir de ahorro sino vivir de tu trabajo cotidiano. Un hecho que me parecía muy digno. Y la segunda cosa, principios y lealtad a los principios, a muerte. Una vez que uno decide y tiene una serie de valores y objetivos, cumplirlos pase lo que pase, no importa el tiempo. Creo que esos dos… Bueno, muchos más elementos, pero esos dos me han marcado como una gran herencia que viene de mi madre. —A ver si coinciden, porque esto es como el test de la verdad. ¿Se acuerdan cuando conoció uno al otro? ¿Cuándo se vieron

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García Linera con Telam: «Vivimos un tiempo de desgarramientos del orden mundial»

Por Bernarda Llorente / AGENCIA TELAM/ Buenos Aires.- El exvicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera, uno de los pensadores más agudos de la izquierda latinoamericana, caracterizó al mundo que dibuja la pospandemia como «un tiempo de ocaso» repleto de paradojas, y advirtió que los gobiernos progresistas de la región «están obligados a asumir retos más audaces». «El tiempo que estamos viviendo es un momento singular. Por una parte, se han manifestado un conjunto de límites, de contradicciones, de desgarramientos del orden mundial planetario vigente. Pero a la vez no se han abierto, con ímpetu radiante, opciones, alternativas, a esto que viene ya agotándose», planteó. Por videoconferencia entre La Paz y Buenos Aires, abordó con audacia cuestiones complejas que generan polémica, como el cortocircuito entre extractivismo, desarrollo y cambio climático, y, además, propuso una batería de medidas concretas para las administraciones de cuño progresista. «La singularidad de estos gobiernos es que están enfrentando la peor crisis económica de los últimos 100 años», argumentó. Nacido en Cochabamba, en el seno de una familia a la que definió como de «clase media» en lo cultural y «clase baja» en lo económico, García Linera viajó a México antes de cumplir los 20 años para estudiar en la UNAM del país azteca y, a su regreso a Bolivia, se vinculó con las comunidades campesinas y mineras. Luego sería uno de los fundadores del Ejército Guerrillero Túpac Katari, experiencia de lucha insurgente por la que fue detenido, torturado y trasladado a una cárcel con prisión preventiva y sin sentencia, donde estudió Sociología de manera autodidacta. Salió en libertad en 1997 y, tres años después, conoció a Evo Morales, en el marco de la llamada «Guerra del Agua». Hoy tiene 59 años, una de las bibliotecas más grandes de Bolivia y lleva editados, como autor o coautor, más de una decena de libros. Como parte de un listado propositivo para la gestión de la crisis, el intelectual boliviano destacó la necesidad de un impuesto a la banca que avance en una matriz impositiva progresiva, tanto como un acuerdo regional para una «reforma energética» basada en la explotación del litio y el desarrollo de «industrias encadenadas». En su análisis de la nueva oleada progresista en América Latina, que en los últimos meses sumó los triunfos de Gabriel Boric en Chile y de Xiomara Castro en Honduras, el autor de «La potencia plebeya» advirtió que «el viejo mundo del libre mercado se resquebraja» aunque «sigue vigente», mientras surgen opciones que buscan sustituirlo. Y en ese sentido subrayó: «Es un neoliberalismo retrógrado, anacrónico, autoritario, vigilante, que quiere vivir del pasado. Y que dura poco». Para García Linera, «el nuevo progresismo ha afincado más su victoria en la movilización electoral que en la movilización callejera. Y eso establece ciertas características de esta nueva oleada, abre puertas y cierra otras: es un progresismo que ya no viene de la mano de líderes carismáticos, sino con líderes políticos moderados que están respondiendo a las nuevas circunstancias«, razonó en diálogo con esta agencia. «Las circunstancias van a llevar o van a obligar gradualmente a los liderazgos a tener que asumir una serie de transformaciones más radicales, porque el costo social de la crisis económica y la crisis médica es demasiado grande», vaticinó en lo que él mismo presentó como su principal hipótesis de trabajo para los dilemas del progresismo y las encrucijadas del presente en la región. -En esta pospandemia, en un mundo más concentrado e injusto, ¿cuáles son las bases para una perspectiva progresista? -El tiempo que estamos viviendo es un momento singular. Por una parte, se han manifestado un conjunto de límites, de contradicciones, de desgarramientos del orden mundial planetario vigente. Pero a la vez no se han abierto, con ímpetu radiante, opciones, alternativas, a esto que viene ya agotándose. Es un tiempo de ocaso, no un tiempo de amanecer. Es la paradoja de este momento. Las cosas no están funcionando bien, los antagonismos nos están desgarrando, pero no logramos visualizar lo que pudiera sustituirlo. El viejo mundo del libre mercado, del libre comercio, del Estado mínimo, de la ausencia de derechos sociales y despreocupación por la desigualdad, se resquebraja por todos lados. Y sin embargo sigue vigente: en las instituciones conservadoras, en el Banco Mundial, en el FMI, en el consenso de que, en el mundo, la globalización es lo más importante. Aunque comience a mostrar signos de ocaso, de debilitamiento, no sabemos qué cosa va a sustituir ese mundo. Sabemos de dónde venimos, de dónde estamos saliendo, pero no logramos eslabonar qué horizonte nos espera. Este es un momento muy complicado, de carencia de alternativas globales a la globalización, aunque América Latina ha hecho renovados esfuerzos por mostrar un camino. Pero ese esfuerzo no se irradia mundialmente y, a su vez, tiene contratiempos: avanza, retrocede, avanza, retrocede. Y en este tiempo liminal de certidumbres quebradas, de horizontes de previsibilidad del futuro mutilados, comienzan a surgir múltiples propuestas. El progresismo es una de esas propuestas. Pero ha tenido una contraparte con el surgimiento de propuestas neoliberales y ultraconservadoras, autoritarias. Nadie sabe con certeza lo que vendrá y van a surgir múltiples opciones de sustitución y de reemplazo, ninguna de ellas dominante, irradiante ni hegemónica, sino en pugna. Y así vamos a tener que vivir varios años hasta que alguna de las opciones pueda sustituir hegemónicamente a este ocaso del neoliberalismo. Esta disputa sobre el nuevo horizonte de época tendrá que dilucidarse en 5, 10 o 15 años, porque la gente no puede vivir indefinidamente en incertidumbre. Hoy el progresismo latinoamericano es una más de las opciones que en debilidad pugna por sustituir el horizonte neoliberal. No tiene la suficiente fuerza para imponerse, pero tampoco es lo suficientemente débil para desaparecer. Crisis e interrogantes -Usted prefiere no hablar de ciclos sino de olas, porque son más breves. También dice que los nuevos líderes progresistas de América Latina no surgieron de grandes movilizaciones y los define como líderes moderados. ¿Ese tipo de liderazgos debe profundizar alguna de sus acciones o es un proceso que, en el futuro, traerá nuevas políticas? -En América Latina surgió un debate sobre cuál

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La nueva democracia pos-COVID

John M. Ackerman Ciudad de México / La Jornada. – La pandemia del COVID-19 no solamente ha generado mayor desigualdad y exclusión social, también ha trastocado los fundamentos de la democracia. Las calles y las asambleas constituyen los sitios predilectos para la expresión plena del poder del pueblo. En contraste, las pantallas y las redes socio-digitales cuentan con una capacidad organizativa y deliberativa limitada. Estos casi dos años de alejamiento físico han generado un daño quizás irreversible a nuestras subjetividades. Cada día crece más el poder de las grandes corporaciones digitales trasnacionales como Amazon, Google, Facebook, Twitter, YouTube, What’sApp y Zoom.  Estas empresas tienen acceso pleno a nuestros datos personales y trafican con ellos con absoluta impunidad.  Y el control de estas plataformas privadas sobre el flujo de información rebasa los sueños más guajiros del peor déspota de la antigüedad. Las corporaciones sociodigitales constituyen hoy una amenaza mucho mayor a la libertad de expresión y el derecho a la privacidad que cualquier gobierno autoritario. Adicionalmente, los sueños neofascistas de Mark Zuckerberg y Elon Musk de “liberar” a la humanidad de todo límite físico o geográfico por medio de la tecnología y la innovación privadas constituyen una auténtica amenaza a la verdadera libertad de autodeterminación humana.  No existen atajos para alcanzar la utopía. Ningún “metaverso” podrá resolver mágicamente las complejidades de la convivencia humana. Para poder superar y expandir las fronteras del desarrollo humano el primer paso debe ser el frío reconocimiento de nuestras limitaciones como individuos, que existen en un tiempo específico y un espacio determinado. La tecnología y la inversión privadas pueden ser elementos útiles, pero la verdadera liberación sólo se puede lograr a partir de la acción colectiva y la política democrática de masas. Hace falta tomar las calles y dialogar de frente para transformar las sociedades. Bienvenida entonces la concentración masiva convocada por Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo capitalino para este miércoles, 1 de diciembre para celebrar sus tres años de gobierno y rendirle cuentas al pueblo. Ya hacía falta volver a abrazarnos y a reconocernos en persona como parte de un gran movimiento social por la transformación de la República.  Los riesgos en materia de salud pública causadas por la aglomeración son menores a los riesgos en materia de salud política consecuencia del eterno alargamiento de la sequía de movilización popular. El distanciamiento social causado por la pandemia ya está generando profundos estragos en el sistema político.  El vacío generado por la falta de presencia ciudadana en las calles es lo que ha permitido a Lorenzo Córdova y sus aliados del bloque conservador de consejeros del INE presentarse tan cínicamente como adalides de la democracia. Los medios de comunicación conservadores y los intelectuales orgánicos del viejo régimen también intentan llenar el vacío político actual con su palabrería hueca y sus ideas perversas sobre el supuesto carácter dictatorial de la Cuarta Transformación. Es cierto que el trance de la crisis del COVID también ha sensibilizado a la humanidad. La pandemia ha demostrado la importancia de trabajar de manera colectiva al nivel global a favor de la resolución de los grandes problemas de la especie. La emergencia sanitaria también ha reivindicado el papel del Estado y de los servicios públicos de salud y de educación. En general, la experiencia de sufrir juntos el embate del COVID-19 nos ha hecho más sensibles y atentos a las necesidades y las vulnerabilidades de los demás. Sin embargo, la utopía de generar un mundo más solidario y generoso a partir de una revolución de las conciencias en la época pos-COVID solo será posible si estos nuevos sentimientos tan nobles encuentren cauce por medio de una potente lucha política y social, colectiva y revolucionaria. Nos encontramos en un momento propicio para replantear los grandes objetivos de la civilización moderna. Tal y como escribió ayer en estas mismas páginas el gran pensador y político latinoamericano, Álvaro García Linera: “Se desvanecen las viejas certidumbres imaginadas que organizaron el mundo desde 1980, aunque tampoco hay nuevas que reclamen con éxito duradero el monopolio de la esperanza de futuro. Y mientras tanto, en esta irresolución de imaginar un mañana más allá de la catástrofe, la experiencia subjetiva de un tiempo suspendido carente de destino satisfactorio agobia el espíritu social.” (véase: https://bit.ly/3p7tZb1). La incertidumbre y el agobio civilizatorios actuales constituyen el perfecto caldo de cultivo para trazar nuevas rutas para la transformación social. Este viernes, 3 de diciembre continuaremos con estas reflexiones precisamente en presencia de don Álvaro García Linera, junto con la distinguida participación de Jeremy Corbyn, expresidente del Partido Laborista y uno de los líderes internacionales más importantes de la izquierda global, así como la Coordinadora de Humanidades de la Máxima Casa de Estudios, Guadalupe Valencia, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. La mesa de presentación del libro “Pos-COVID/Pos-Neoliberalismo: propuestas y alternativas para la transformación social en tiempos de crisis”, editado por el PUEDJS/UNAM, se llevará a cabo de manera presencial y también se podrá seguir de manera virtual por medio de las redes (véase: https://bit.ly/3D13qJr). El autor es analista y Director del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS) de la UNAM.

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La segunda oleada progresista latinoamericana – Por Álvaro García Linera

Álvaro García Linera Publicado el 30 de noviembre Buenos Aires / Vía Nodal .- El mundo está atravesando una transición política-económica estructural. El viejo consenso globalista de libre mercado, austeridad fiscal y privatización que encandiló a la sociedad mundial durante 30 años, hoy se ve cansado y carece de optimismo ante el porvenir. La crisis económica de 2008, el largo estancamiento desde entonces, pero principalmente el lockdown de 2020 han erosionado el monopolio del horizonte predictivo colectivo que legitimó el neoliberalismo mundial. Hoy, otras narrativas políticas reclaman la expectativa social: flexibilización cuantitativa para emitir billetes sin límite; Green New Deal, proteccionismo para relanzar el empleo nacional, Estado fuerte, mayor déficit fiscal, más impuestos a las grandes fortunas, etc., son las nuevas ideas-fuerza que cada vez son más mencionadas por políticos, académicos, líderes sociales y la prensa del mundo entero. Se desvanecen las viejas certidumbres imaginadas que organizaron el mundo desde 1980, aunque tampoco hay nuevas que reclamen con éxito duradero el monopolio de la esperanza de futuro. Y mientras tanto, en esta irresolución de imaginar un mañana más allá de la catástrofe, la experiencia subjetiva de un tiempo suspendido carente de destino satisfactorio agobia el espíritu social. América Latina se adelantó a estas búsquedas mundiales hace más de una década. Los cambios sociales y gubernamentales en Brasil, Venezuela, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, dieron cuerpo a esta primera oleada de gobiernos progresistas y de izquierda que se plantearon salir del neoliberalismo. Más allá de ciertas limitaciones y contradicciones, el progresismo latinoamericano apostó a unas reformas de primera generación que logró tasas de crecimiento económico entre 3 y 5 por ciento, superiores a las registradas en tiempos anteriores. Paralelamente, se redistribuyó de manera vigorosa la riqueza, lo que permitió sacar de la pobreza a 70 millones de latinoamericanos y de la extrema pobreza a 10 millones. La desigualdad cayó de 0.54 a 0.48, en la escala de Gini y se aplicó un incremento sostenido del salario y de los derechos sociales de los sectores más vulnerables de la población que inclinó la balanza del poder social en favor del trabajo. Algunos países procedieron a ampliar los bienes comunes de la sociedad mediante la nacionalización de sectores estratégicos de la economía y, como en el caso de Bolivia, se dio paso a la descolonización más radical de la historia, al lograr que los sectores indígena-populares se constituyan en el bloque de dirección del poder estatal. Esta primera oleada progresista que amplió la democracia con la irrupción de lo popular en la toma de decisiones, se sostuvo sobre un flujo de grandes movilizaciones sociales, descrédito generalizado de las políticas neoliberales, emergencia de liderazgos carismáticos portadores de una mirada audaz del futuro y un estado de estupor de las viejas élites gobernantes. La segunda oleada progresista La primera oleada del progresismo latinoamericano comenzó a perder fuerza a mediados de la segunda década del siglo XXI, en gran parte, por cumplimiento de las reformas de primera generación aplicadas. El progresismo cambió la tasa de participación del excedente económico en favor de las clases laboriosas y el Estado, pero no la estructura productiva de la economía. Esto inicialmente le permitió transformar la estructura social de los países mediante la notable ampliación de las clases medias, ahora con mayoritaria presencia de familias provenientes de sectores populares e indígenas. Pero la masificación de ingresos medios, la extendida profesionalización de primera generación, el acceso a servicios básicos y vivienda propia, etc., modificó no sólo las formas organizativas y comunicaciones de una parte del bloque popular, sino también su subjetividad aspiracional. Incorporar estas nuevas demandas y darle sostenibilidad económica en el marco programático de mayor igualdad social, requería modificar el modo de acumulación económica y las fuentes tributarias de retención estatal del excedente. La incomprensión en el progresismo de su propia obra y la tardanza en plantarse los nuevos ejes de articulación entre el trabajo, el Estado y el capital, dieron paso desde 2015 a un regreso parcial del ya enmohecido programa neoliberal. Pero, inevitablemente, este tampoco duró mucho. No había novedad ni expansivo optimismo en la creencia religiosa en el mercado, sólo un revanchismo enfurecido de un libre mercado crepuscular que desempolvaba lo realizado en los años 90 del siglo XX: volver a privatizar, a desregular el salario y concentrar la riqueza. Ello dio pie a la segunda oleada progresista que desde 2019 viene acumulando victorias electorales en México, Argentina, Bolivia, Perú y extraordinarias revueltas sociales en Chile y Colombia. Esto enmudeció esa suerte de teleología especulativa sobre el fin del ciclo progresista. La presencia popular en la historia no se mueve por ciclos, sino por oleadas. Pero claro, la segunda oleada no es la repetición de la primera. Sus características son distintas y su duración también. En primer lugar, estas nuevas victorias electorales no son fruto de grandes movilizaciones sociales catárticas que por su sola presencia habilitan un espacio cultural creativo y expansivo de expectativas transformadoras sobre las que puede navegar el decisionismo gubernamental. El nuevo progresismo resulta de una concurrencia electoral de defensa de derechos agraviados o conculcados por el neoliberalismo enfurecido, no de una voluntad colectiva de ampliarlos, por ahora. Es lo nacional-popular en su fase pasiva o descendente. Es como si ahora los sectores populares depositaran en las iniciativas de gobierno el alcance de sus prerrogativas y dejaran, de momento, la acción colectiva como el gran constructor de reformas. Ciertamente, el gran encierro mundial de 2020 ha limitado las movilizaciones, pero curiosamente no para las fuerzas conservadoras o sectores populares allí donde no hay gobiernos progresistas, como Colombia, Chile y Brasil. Una segunda característica del nuevo progresismo es que llega al gobierno encabezado por liderazgos administrativos que se han propuesto gestionar de mejor forma en favor de los sectores populares, las vigentes instituciones del Estado o aquellas heredadas de la primera oleada; por tanto, no vienen a crear unas nuevas. Dicho de otra manera, no son liderazgos carismáticos, como en el primer progresismo que fue dirigido por presidentes que fomentaron una relación efervescente, emotiva con sus electores y disruptivas con el viejo orden. Sin embargo, la ausencia de relación carismática de

La segunda oleada progresista latinoamericana – Por Álvaro García Linera Leer más »