Capitalismo

Milei afirma en Davos que Occidente «está en peligro» y la única alternativa es el capitalismo

El presidente de Argentina, Javier Milei, interviene este miércoles en el Foro Económico Mundial, que se celebra desde el pasado lunes en la ciudad suiza de Davos. «Estoy acá para decirles que Occidente está en peligro porque aquellos que supuestamente deben defender los valores de Occidente se encuentran cooptados por una visión del mundo que inexorablemente conduce al socialismo y, en consecuencia, a la pobreza», afirmó al participar en el panel «Lograr la seguridad y la cooperación en un mundo fracturado», ante distintos líderes mundiales y empresariales que participan en el evento. «Lamentablemente, en las últimas décadas, por algunos deseos bien pensantes de ayudar al prójimo y otros por pertenecer a una casta privilegiada, los principales líderes del mundo occidental han abandonado el modelo de la libertad por distintas versiones de lo que llamamos colectivismo», agregó. El mandatario afirmó que los «experimentos colectivistas» nunca son la solución para los problemas que aquejan a los ciudadanos del mundo, sino más bien su causa. «Créanme: nadie mejor que nosotros los argentinos para dar testimonio», dijo al afirmar que, cuando el país sudamericano adoptó «el modelo de la libertad» en 1860, en 35 años se convirtió en «potencia mundial». En cambio, añadió, durante los últimos 100 años en que Argentina «abrazó el colectivismo», los ciudadanos se empobrecieron hasta caer al puesto 140 de las economías a nivel mundial. Milei repitió así el relato que ha impuesto desde que era candidato, a pesar de que ningún dato histórico avala que Argentina haya sido alguna vez «potencia mundial» y de que, en el periodo del siglo 19 que suele celebrar, la mayoría de la población carecía de derechos. Durante su primer discurso en Davos, Milei insistió en que el capitalismo de empresa es «el único sistema moralmente deseable» para terminar con la pobreza. Para probarlo, aseguró, basta analizar la historia del progreso económico, ya que desde el año 0 hasta el 1800 el Producto Interno Bruto (PIB) mundial se mantuvo estancado, salvo en el Siglo 15 debido al descubrimiento de América, pero a partir del siglo 19, desde que el capitalismo se adoptó como modelo, se registró un crecimiento económico acelerado. Gracias a ello, explicó, la tasa de pobreza a nivel mundial cayó del 95 % en 1800 al 5 % en 2020. «La conclusión es obvia: el capitalismo es la única herramienta que tenemos para terminar con el hambre, la pobreza y la indigencia, la evidencia empírica es incuestionable», afirmó. Milei viajó al Foro con una comitiva que incluye al jefe de Gabinete, Nicolás Posse; el ministro de Economía, Luis Caputo; la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei; y la canciller, Diana Mondino.  Fuente: RT

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El capitalismo global y la crisis de la humanidad

Gilberto López y Rivas Caracas/ Telesur. – “El colapso de la economía global desatado por el coronavirus ha provocado la pérdida de su sostén económico de dos mil millones de personas, con al menos 500 millones que fueron arrojadas a la pobreza y el hambre, mientras se fueron a la quiebra hasta 500 millones de pequeños negocios”. El nuevo libro de William I. Robinson: El capitalismo global y la crisis de la humanidad, (Siglo XXI editores, 2022) viene a engrosar una obra magna, junto con otras dos publicaciones en castellano: Una teoría sobre el capitalismo global: producción, clase y Estado en un mundo Transnacional (2013), y América Latina y el capitalismo global, una perspectiva critica de la globalización (2015). Este trabajo monumental de investigación permite hacer un recorrido dialéctico por un marco teórico urgentemente necesario para hacer frente al capitalismo del siglo XXI desde el campo de las luchas emancipadoras y revolucionarias. Robinson llega en el momento justo en que era necesario darle oxígeno al marxismo, aplicándolo a una realidad inmersa en una profunda crisis multidimensional de gravedades apocalípticas, en la que está en riesgo la sobrevivencia misma de la especie humana, y en total acuerdo con su opinión de que “la tarea más urgente de cualquier intelectual que se considere orgánico -o políticamente comprometido-, es abordar esta crisis.” Precisamente, William destaca en el prólogo de esta edición en castellano, que el colapso de la economía global desatado por el coronavirus ha provocado la pérdida de su sostén económico de dos mil millones de personas, con al menos 500 millones que fueron arrojadas a la pobreza y el hambre, mientras se fueron a la quiebra hasta 500 millones de pequeños negocios. Robinson plantea que “nos enfrentamos a una crisis global sin precedente en cuanto a su magnitud y alcance global, el grado de degradación ecológica y de deterioro social, y la escala de los medios de violencia.” Analiza, en este punto, cómo la clase capitalista trasnacional se empeñó en trasladar la carga de la crisis y el sacrificio que imponía la pandemia a las clases trabajadoras y populares, dejando a su paso más desigualdad, más tensión política, más militarismo y más autoritarismo. Nuestro autor plantea la necesidad de ampliar la mirada al ámbito global, dado que la suerte de cualquier comunidad en el planeta está inseparablemente ligada con la humanidad en su conjunto, que, a su vez determina una “conciencia planetaria”. Esto implica darnos cuenta de que “si queremos resolver los urgentes problemas que aquejan a la humanidad, tales como el colapso ecológico, la guerra (todavía no había estallado el conflicto bélico Rusia – Ucrania, con sus preocupantes derivas), la pobreza, la desigualdad, la enfermedad y la enajenación, tenemos necesariamente que llevar a cabo un enfrentamiento frontal con los poderes fácticos en el sistema capitalista global para restarles el control que esos poderes ejercen sobre los medios de nuestra existencia.” Muy importante es su análisis de la crisis en la dimensión política, en la que percibe que el dominio capitalista se acerca a una crisis general, frente al colapso de la legitimidad del sistema imperante, que ha provocado una polarización creciente entre una izquierda insurgente y fuerzas ultraderechistas y neofascistas, como hemos podido constatar recientemente con el triunfo electoral en Italia de una coalición abiertamente neofascista, y el alto porcentaje de votos que registraron la ultraderecha y derecha en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas. Ante este dantesco panorama, coincido plenamente con la conclusión final del prólogo del libro, en el sentido que la resolución de la crisis de la humanidad pasa por el derrocamiento del capitalismo global y su reemplazamiento por un proyecto de socialismo democrático. Sin embargo, manifiesto mis desacuerdos, al menos a partir del caso mexicano, con la idea de “respaldar proyectos de élites reformistas en la medida que atenúen las peores depredaciones del capitalismo global y nos saquen del umbral de la guerra y el fascismo”, dado que, como observamos en México, la militarización y el militarismo, y la guerra o “conflicto armado no reconocido” que acompaña la recolonización de los territorios por la vía de los mega proyectos, están siendo puestos en práctica por un gobierno que pretende estar haciendo una trasformación histórica en el país. Robinson reitera que sus análisis y teorías sobre esta crisis global son asumidos desde la teoría del capitalismo global, a partir de cambios que podríamos considerar apócales: 1.- Surgimiento de un capital verdaderamente trasnacional y un nuevo sistema global de producción y finanzas en el que todas las naciones y gran parte de la humanidad han sido integradas, ya sea directa o indirectamente. 2.- Conformación de una clase capitalista trasnacional, un grupo de clase que ha atraído contingentes de la mayoría de los países alrededor del mundo. 3.- Establecimiento de aparatos de un Estado trasnacional. 4.- Nueva relaciones de desigualdad, dominación y explotación en la sociedad global, incluyendo la importancia creciente de las desigualdades trasnacionales sociales y de clase en relación a las desigualdades norte–sur geográficamente o territorialmente concebidas. Esta globalización capitalista es un proceso en curso, inconcluso y abierto, contradictorio y conflictivo, impulsado por fuerzas sociales en lucha; es una estructura en movimiento emergente, sin estado final consumado. Esto lleva inevitablemente a una idea fundamental de Robinson: no es posible entender esta nueva época a través de los paradigmas existentes Estado-nación-céntricos que pretenden explicar la dinámica política y económica mundial como interacciones entre Estados-nación y competencia entre clases nacionales en un sistema interestatal. Debemos centrarnos no en los estados como macro agentes ficticios sino en constelaciones de fuerzas sociales históricamente cambiantes que operan a través de múltiples instituciones, incluyendo aparatos de Estado que están en proceso de trasformación como consecuencia de las agencias colectivas. En esta dirección, Robinson polemiza con los enfoques que toman categorías históricamente contingentes y específicas como Estado-nación, capital nacional e imperialismo, y las convierten en una estructura inmutable, fija, cosificándolas en este proceso. Por esta razón sostiene el imperativo de un enfoque holístico y de nuevos conceptos, dentro de un análisis estructural y coyuntural. Sostiene que la tarea

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Choquehuanca cuestiona en Italia el capitalismo verde y advierte que “nos lleva al caosmos”

El vicepresidente del Estado, David Choquehuanca, advirtió que la política de la “economía verde”, alentada por el capitalismo, lleva al camino del “caosmos”, es decir, al completo desorden y caos del cosmos. Choquehuana reflexionó sobre el “Vivir Bien: il paradigma del nuovo ordine mondiale” (Vivir Bien: el paradigma del nuevo orden mundial), en el Lectio Magistralis (Lección Magistral), organizado por la Universidad de Roma Tres (Università degli Studi Roma Tre) en Italia. Hizo hincapié en que con “la economía verde se pretenda solucionar la crisis generada por el capitalismo”, lo cual consideró una contradicción e inviable. “La crisis del capitalismo, egoísta, antropocéntrico y consumista no tiene solución. Esta es la razón de la aparición del capitalismo verde”, afirmó Choquehuanca ante más de un centenar de asistentes en el Aula Magna del Departamento de Derecho de la universidad romana. Desde la perspectiva de la filosofía del “Vivir Bien”, la repuesta del capitalismo a la crisis nos llevará al caosmos, que es el completo desorden y caos del cosmos. “Los ecocidas y los enemigos de la humanidad al crear el caos, con la economía verde, pretenden retrasar, dispersar y obstaculizar el masivo retorno de la humanidad a la gran matriz de vida”, sentenció. También hizo referencia a la era del capitalismo de la información y comunicación abierta de la actualidad. Apuntó a las redes sociales como un instrumento que en muchas ocasiones es utilizado para generar trastornos en la política y democracia. “La infocracia intenta reducir a la persona humana a un perfil de datos. El totalitarismo mediático del Big Data pretende sustituir la comunicación entre la conciencia y el pensamiento libre, por la vigilancia y control de datos”, aseveró. Del encuentro también participaron el director del Departamento de Derecho de la Universidad de Roma, Antonio Carratta; y el Eurodiputado Massimiliano Smeriglio, quien además es miembro de la Asamblea Interparlamentaria Euro-Latinoamericana. Italia es el tercer país que visita Choquehuanca. Su próximo destino será España, donde tiene planificado reunirse con autoridades, la comunidad boliviana y brindar conferencias en universidades, lo cual pondrá fin a su agenda en Europa, en el marco de la Diplomacia de los Pueblos que impulsa el Estado Plurinacional de Bolivia. Fuente: Agencia Boliviana de Información (ABI)

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La segunda oleada progresista latinoamericana – Por Álvaro García Linera

Álvaro García Linera Publicado el 30 de noviembre Buenos Aires / Vía Nodal .- El mundo está atravesando una transición política-económica estructural. El viejo consenso globalista de libre mercado, austeridad fiscal y privatización que encandiló a la sociedad mundial durante 30 años, hoy se ve cansado y carece de optimismo ante el porvenir. La crisis económica de 2008, el largo estancamiento desde entonces, pero principalmente el lockdown de 2020 han erosionado el monopolio del horizonte predictivo colectivo que legitimó el neoliberalismo mundial. Hoy, otras narrativas políticas reclaman la expectativa social: flexibilización cuantitativa para emitir billetes sin límite; Green New Deal, proteccionismo para relanzar el empleo nacional, Estado fuerte, mayor déficit fiscal, más impuestos a las grandes fortunas, etc., son las nuevas ideas-fuerza que cada vez son más mencionadas por políticos, académicos, líderes sociales y la prensa del mundo entero. Se desvanecen las viejas certidumbres imaginadas que organizaron el mundo desde 1980, aunque tampoco hay nuevas que reclamen con éxito duradero el monopolio de la esperanza de futuro. Y mientras tanto, en esta irresolución de imaginar un mañana más allá de la catástrofe, la experiencia subjetiva de un tiempo suspendido carente de destino satisfactorio agobia el espíritu social. América Latina se adelantó a estas búsquedas mundiales hace más de una década. Los cambios sociales y gubernamentales en Brasil, Venezuela, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, dieron cuerpo a esta primera oleada de gobiernos progresistas y de izquierda que se plantearon salir del neoliberalismo. Más allá de ciertas limitaciones y contradicciones, el progresismo latinoamericano apostó a unas reformas de primera generación que logró tasas de crecimiento económico entre 3 y 5 por ciento, superiores a las registradas en tiempos anteriores. Paralelamente, se redistribuyó de manera vigorosa la riqueza, lo que permitió sacar de la pobreza a 70 millones de latinoamericanos y de la extrema pobreza a 10 millones. La desigualdad cayó de 0.54 a 0.48, en la escala de Gini y se aplicó un incremento sostenido del salario y de los derechos sociales de los sectores más vulnerables de la población que inclinó la balanza del poder social en favor del trabajo. Algunos países procedieron a ampliar los bienes comunes de la sociedad mediante la nacionalización de sectores estratégicos de la economía y, como en el caso de Bolivia, se dio paso a la descolonización más radical de la historia, al lograr que los sectores indígena-populares se constituyan en el bloque de dirección del poder estatal. Esta primera oleada progresista que amplió la democracia con la irrupción de lo popular en la toma de decisiones, se sostuvo sobre un flujo de grandes movilizaciones sociales, descrédito generalizado de las políticas neoliberales, emergencia de liderazgos carismáticos portadores de una mirada audaz del futuro y un estado de estupor de las viejas élites gobernantes. La segunda oleada progresista La primera oleada del progresismo latinoamericano comenzó a perder fuerza a mediados de la segunda década del siglo XXI, en gran parte, por cumplimiento de las reformas de primera generación aplicadas. El progresismo cambió la tasa de participación del excedente económico en favor de las clases laboriosas y el Estado, pero no la estructura productiva de la economía. Esto inicialmente le permitió transformar la estructura social de los países mediante la notable ampliación de las clases medias, ahora con mayoritaria presencia de familias provenientes de sectores populares e indígenas. Pero la masificación de ingresos medios, la extendida profesionalización de primera generación, el acceso a servicios básicos y vivienda propia, etc., modificó no sólo las formas organizativas y comunicaciones de una parte del bloque popular, sino también su subjetividad aspiracional. Incorporar estas nuevas demandas y darle sostenibilidad económica en el marco programático de mayor igualdad social, requería modificar el modo de acumulación económica y las fuentes tributarias de retención estatal del excedente. La incomprensión en el progresismo de su propia obra y la tardanza en plantarse los nuevos ejes de articulación entre el trabajo, el Estado y el capital, dieron paso desde 2015 a un regreso parcial del ya enmohecido programa neoliberal. Pero, inevitablemente, este tampoco duró mucho. No había novedad ni expansivo optimismo en la creencia religiosa en el mercado, sólo un revanchismo enfurecido de un libre mercado crepuscular que desempolvaba lo realizado en los años 90 del siglo XX: volver a privatizar, a desregular el salario y concentrar la riqueza. Ello dio pie a la segunda oleada progresista que desde 2019 viene acumulando victorias electorales en México, Argentina, Bolivia, Perú y extraordinarias revueltas sociales en Chile y Colombia. Esto enmudeció esa suerte de teleología especulativa sobre el fin del ciclo progresista. La presencia popular en la historia no se mueve por ciclos, sino por oleadas. Pero claro, la segunda oleada no es la repetición de la primera. Sus características son distintas y su duración también. En primer lugar, estas nuevas victorias electorales no son fruto de grandes movilizaciones sociales catárticas que por su sola presencia habilitan un espacio cultural creativo y expansivo de expectativas transformadoras sobre las que puede navegar el decisionismo gubernamental. El nuevo progresismo resulta de una concurrencia electoral de defensa de derechos agraviados o conculcados por el neoliberalismo enfurecido, no de una voluntad colectiva de ampliarlos, por ahora. Es lo nacional-popular en su fase pasiva o descendente. Es como si ahora los sectores populares depositaran en las iniciativas de gobierno el alcance de sus prerrogativas y dejaran, de momento, la acción colectiva como el gran constructor de reformas. Ciertamente, el gran encierro mundial de 2020 ha limitado las movilizaciones, pero curiosamente no para las fuerzas conservadoras o sectores populares allí donde no hay gobiernos progresistas, como Colombia, Chile y Brasil. Una segunda característica del nuevo progresismo es que llega al gobierno encabezado por liderazgos administrativos que se han propuesto gestionar de mejor forma en favor de los sectores populares, las vigentes instituciones del Estado o aquellas heredadas de la primera oleada; por tanto, no vienen a crear unas nuevas. Dicho de otra manera, no son liderazgos carismáticos, como en el primer progresismo que fue dirigido por presidentes que fomentaron una relación efervescente, emotiva con sus electores y disruptivas con el viejo orden. Sin embargo, la ausencia de relación carismática de

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El aborto legal y la libertad de decidir

Carmen Nuñez El 28S es el Día de Acción Global para el acceso al Aborto Legal y Seguro, éste se denominó así en 1990 durante el “V Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe”, realizado en San Bernardo, Argentina. Hoy en día la lucha por conseguir abortos legales y seguros se ha convertido en una de las más importantes causas para el movimiento feminista, son ya un poco más de 30 años de lucha desde ese quinto encuentro. Desde entonces la lucha ha ido sufriendo muchas transformaciones, se han ido añadiendo consignas y matices, como por ejemplo la ya famosa “Educación Sexual Integral para decidir, Anticonceptivos para no abortar, aborto legal, seguro y gratuito para no morir”. Esta frase refleja lo mucho que se ha ido complejizando el entendimiento de este tema desde el movimiento feminista, desde la necesidad de empezar con la educación misma hasta la exigencia de gratuidad para no reproducir las injusticias clasistas del sistema de salud. Pero esta profundización ha ido aún más allá, hoy sabemos que no todas las mujeres somos iguales, que no hay algo, o hay muy poco, que nos una por sobre todas las cosas. La relación de distintos grupos de mujeres con la maternidad, la sexualidad y el aborto puede ser muy diferente. Hay mujeres que han sido obligadas a parir, una y otra vez, hay mujeres que han sido violentamente esterilizadas, hay mujeres que han sido condenadas a tener «todos los hijos que dios mande» y hay mujeres que han sido condenadas a ver cómo sus hijas e hijos mueren sistemáticamente o como se los quitan por no ser “adecuadas” para hacerse cargo de su cuidado. Hay mujeres que abortan como si nada, porque su situación económica se los permite, hay otras que abortan como si nada porque ese conocimiento nunca se perdió en sus entornos, hay quienes mueren en el intento y hay otras que son condenadas socialmente de por vida si se llega a saber. Hay hombres trans, hay mujeres lesbianas, hay personas con la capacidad de gestar no binarias, que también viven su propia realidad en torno al aborto y a la maternidad. Hay mujeres que luchan por parir, hay otras que luchan por abortar, a algunas el tema les da igual. No es cuestión de decidir quién es la buenita y quién es la malvada. Vienen probablemente de lugares diferentes, en contextos diferentes. Para mí se trata de que el patriarcado, encarnado en el Estado y el Capital, deje de imponer políticas sobre los cuerpos de las mujeres. Todo tipo de políticas. La lucha feminista para ser completa tiene que ir más allá de exigir la legalización del aborto, o los temas directamente relacionados con el género, sino que es necesario además abordar la lucha anticapitalista, anticolonialista y antirracista. Porque mientras haya mujeres, familias, que aun trabajando al máximo bajo condiciones de explotación y discriminación, se las conmine a elegir abortar, porque no pueden asegurarle una vida digna a sus hijas o hijos, la “maternidad deseada, elegida, voluntaria” aun estará bastante lejos. La libertad de “decidir” va más allá de una ley aplicada a cuerpos individuales. Es por eso que es importante cuestionar si una verdadera liberación de la mujer, o de cualquiera en realidad, pueda ser posible dentro del sistema capitalista. Un sistema que puede plantear muchas posibilidades de “Libertad”, en tanto el cuerpo, el trabajo, la salud, incluso el amor y el ocio, pero que verdaderamente no son respaldadas por las condiciones materiales de vida de las personas. O sea, somos libres de hacer muchas cosas, pero no nos lo podemos costear. Sin duda es necesaria una ley para la despenalización o legalización del aborto, es un paso ineludible para llevar nuestras vidas con dignidad, pero la lucha no acaba ahí, apenas estamos empezando. La autora es antropóloga.

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