Universo

Microorganismos terrestres invadieron muestras de un asteroide y ponen a prueba los protocolos de seguridad

Las partículas del cuerpo rocoso, transportadas en cápsulas herméticas por la misión Hayabusa 2, fueron colonizadas por microbios, lo que reveló la capacidad de la vida para adaptarse a ambientes extremos y la importancia de desarrollar protocolos más rigurosos En un descubrimiento que refuerza tanto la fascinación como los desafíos de la exploración espacial, investigadores del Imperial College de Londres hallaron que una muestra recolectada del asteroide Ryugu fue rápidamente colonizada por microorganismos terrestres, incluso bajo estrictas medidas de control de contaminación. El descubrimiento fue publicado en la revista Meteoritics & Planetary. Este fenómeno revitalizó el interés en la hipótesis de la panspermia, que sugiere que la vida podría transferirse entre planetas a través de meteoritos, cometas u otros cuerpos celestes. Si bien los resultados confirman que los microorganismos detectados no eran de origen extraterrestre, el hallazgo pone en evidencia tanto la capacidad de la vida terrestre para adaptarse a ambientes extremos como los retos para mantener la pureza de las muestras espaciales. A medida que misiones como Hayabusa 2 permiten analizar materiales extraterrestres en condiciones controladas, surge una oportunidad sin precedentes para comprender la posible dispersión de la vida en el universo y sus orígenes en la Tierra. Estas investigaciones alimentan el debate científico sobre la panspermia, y subrayan la importancia de avanzar en la tecnología de control de contaminación para futuras misiones astrobiológicas. La misión Hayabusa 2, liderada por la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA), representó un hito en la investigación espacial al recolectar muestras prístinas del asteroide Ryugu, un cuerpo celeste perteneciente a la categoría de asteroides carbonáceos tipo C, ricos en carbono. Lanzada en diciembre de 2014, la nave espacial llegó al cuerpo rocoso en 2018 y permaneció en órbita durante más de un año, durante el cual realizó dos exitosas maniobras de aterrizaje para recolectar material de su superficie y subsuelo. Estas muestras fueron transportadas a la Tierra en cápsulas herméticamente selladas, y llegaron en diciembre de 2020. Ryugu tiene un diámetro aproximado de 900 metros y una composición rica en materia orgánica y minerales hidratados, lo que sugiere que estuvo expuesto a procesos de alteración acuosa en sus primeras etapas de formación. Se considera un remanente primitivo del sistema solar, por lo que ofrece una ventana al entorno químico que pudo haber existido hace millones de años. Estas características lo convierten en una pieza clave para entender los orígenes de los componentes básicos de la vida en la Tierra. El estudio del asteroide Ryugu: descubrimientos clave En varias ocasiones, se encontraron estructuras semejantes a bacterias en meteoritos, lo que inicialmente fue interpretado como posible evidencia de vida. Sin embargo, estudios posteriores determinaron que la mayoría de estos microorganismos eran contaminantes terrestres. Este patrón de hallazgos y refutaciones causó que los científicos se enfoquen en muestras directamente recolectadas en misiones espaciales, consideradas menos susceptibles a contaminación. De esta manera se resalta la importancia de garantizar la pureza de las muestras para hacer afirmaciones concluyentes. Las muestras recolectadas por la misión Hayabusa 2 fueron transportadas a la Tierra en condiciones herméticas, para evitar su exposición a la atmósfera terrestre hasta su análisis en laboratorios especializados. Una de estas partículas, denominada A0180, fue objeto de estudios exhaustivos. Contenía minerales como dolomita y magnetita,asociados con capas orgánicas, que podrían haber proporcionado un entorno propicio para el crecimiento bacteriano. Estos materiales son conocidos por su capacidad para retener agua y nutrientes, esenciales para el desarrollo de microbios. Aunque las condiciones eran desafiantes, como la exposición al vacío parcial y a haces de electrones durante los análisis, los microorganismos lograron proliferar inicialmente antes de declinar debido a las limitaciones del entorno. Garantizar la pureza de las muestras espaciales es un desafío, incluso en entornos controlados con herramientas esterilizadas y estrictos protocolos (Universidad de Kyushu/Universidad de Hokkaido/ JAMSTEC/ vía REUTERS) En la superficie de esta partícula se encontraron estructuras orgánicas similares a filamentos, cuya morfología era consistente con organismos que habitan la Tierra. Estas observaciones mostraron un aumento en la población microbiana con el tiempo, lo que evidenció que las muestras habían sido colonizadas por microorganismos terrestres durante el proceso de preparación para el análisis. El estudio utilizó técnicas avanzadas como microscopía electrónica de barrido (SEM) y tomografía computarizada por rayos X para caracterizar la muestra. Antes del análisis, las partículas fueron encapsuladas en resina y recubiertas con carbono, procedimientos que inevitablemente las expusieron al aire terrestre. Esta brecha en los protocolos de protección fue suficiente para que microorganismos del entorno se adhirieran y comenzaran a crecer en la superficie del material extraterrestre. Por ende, incluso bajo estrictos protocolos de manejo, los microorganismos lograron invadir las muestras en cuestión de días. Durante el análisis, se observó un ciclo de crecimiento y declive de una población procarionte, con un tiempo de generación estimado en 5,2 días. Esto subraya su capacidad para adaptarse rápidamente a ambientes extremos, lo que incluye materiales extraterrestres que contienen compuestos orgánicos. Estos hallazgos refuerzan la importancia de diseñar mejores estrategias de control de contaminación para evitar que las muestras de futuras misiones sean alteradas por la biota terrestre, especialmente en investigaciones astrobiológicas críticas. Control de contaminación: un desafío para la exploración espacial Garantizar la pureza de las muestras espaciales es uno de los mayores retos en la exploración del cosmos. A pesar de operar en ambientes limpios, como salas estériles de clase 10.000, y de utilizar herramientas esterilizadas, los microorganismos terrestres demuestran ser extremadamente resilientes. En algunos casos, especies encontradas en laboratorios espaciales desarrollaron la capacidad de metabolizar desinfectantes, lo que complica aún más los esfuerzos por eliminarlos. El caso del asteroide Ryugu muestra que la contaminación puede limitar la capacidad de los científicos para distinguir entre microorganismos terrestres y posibles formas de vida extraterrestre. Para mitigar este problema, se recomienda aislar las muestras durante su manipulación, emplear técnicas avanzadas de esterilización y establecer laboratorios dedicados exclusivamente al análisis de materiales que provengan de otros cuerpos cósmicos. Implicaciones astrobiológicas y planetarias Los resultados del estudio tienen implicaciones profundas para la astrobiología y la protección planetaria. Por un lado, demuestran que materiales orgánicos extraterrestres pueden proporcionar los nutrientes suficientes para sostener microorganismos terrestres, lo que sugiere que formas de vida podrían sobrevivir y prosperar en otros cuerpos celestes. Pero también resaltan el riesgo de que la contaminación pueda alterar ecosistemas extraterrestres o falsear descubrimientos de vida fuera de la Tierra. Este conocimiento plantea preguntas importantes sobre cómo proteger tanto al planeta de una posible contaminación inversa, como a los entornos extraterrestres de la influencia terrestre. A medida que las misiones espaciales avanzan

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Carlos Briones: «Hacernos las grandes preguntas sobre el origen de la vida y el Universo nos ayuda a desarrollar nuestro cerebro y ser más humanos, que no es poco»

Científico, divulgador y poeta, el astrobiólogo español lleva años haciéndose las grandes preguntas sobre el origen de la vida en la Tierra y la existencia de otras vidas en el universo. Y tal como dice en su cuenta de Twitter, «Ciencia para entender el mundo, poesía para nombrarlo. Y, siempre, la duda», le interesa y apasiona hacerlo a través de la «tercera cultura», esa conexión entre la ciencia, las humanidades y las artes. Con su equipo, desarrolla investigaciones sobre las primeras moléculas biológicas que pudieron transmitir información genética y desarrolla biosensores capaces de detectar moléculas relacionadas con la presencia de vida, sea donde sea. Briones -que trabaja en el Laboratorio de Evolución Molecularen el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA) en España asociado al Instituto de Astrobiología de la NASA-participa esta semana en el Hay Festival de Querétaro, México, donde conversará sobre su último libro: «¿Estamos solos?: en busca de otras vidas en el cosmos». Has dicho que si existiera vida inteligente extraterrestre, no estaría dentro del sistema solar, ¿por qué? Porque se han visitado ya todos los planetas y los principales satélites del sistema solar. Y hemos encontrado mundos con una gran geología y una química fascinantes, pero ninguno de ellos ha dado ninguna muestra de que haya una estructura o una emisión de señales, ni nada que nos diga que puede haber vida inteligente dentro del sistema solar. Si existe vida inteligente fuera de nuestro planeta hay que asumir que estaría en planetas extrasolares, es decir, fuera de nuestro vecindario cósmico. Hoy sabemos, por ejemplo, que existen más de 5.000 planetas extrasolares caracterizados, pero asumimos que debe haber un número como de un 1 seguido de 23 ceros. Ese número es tan inmenso que si existe vida inteligente en otros planetas, ¿cómo la podríamos detectar? La podríamos detectar por emisiones de radio. Si hay vidas inteligentes, habrán tenido a lo mejor una evolución cultural parecida a la nuestra, y podrán enviar o recibir ondas de radio, es decir, podrán enviarnos mensajes y recibir nuestros mensajes. Pero si evolucionaron de una manera distinta a la nuestra, no necesariamente tendrían que ser capaces de comunicarse a través de ondas de radio… Si no han desarrollado ondas de radio, teniendo en cuenta lo lejos que están, es imposible que nos comuniquemos con ellos, aunque el universo esté lleno de vida. Eso suena un poco decepcionante, ¿verdad? Puede ser que en torno a algunas estrellas -como las que vemos cuando miramos la noche estrellada- haya planetas y que en esos planetas haya vida, pero que seamos incapaces de detectarla. Eso también quiere decir que a nosotros no nos podría haber detectado nadie antes de principios del siglo XX, que fue cuando se desarrolló la radio. Y fíjate que sí éramos inteligentes en el Renacimiento o en la Grecia clásica, pero no habíamos desarrollado la tecnología para que nos detectaran desde fuera. ¿Por qué tienen que ser ondas de radio, no hay otras maneras de comunicarnos con vidas inteligentes? Porque como están tan lejos, no podemos ver estructuras construidas por seres inteligentes. No hay ningún telescopio ni va a haber nunca ningún telescopio con una resolución suficiente como para ver esas estructuras. Fuera del sistema solar, el planeta conocido más cercano, Próxima b, está a 4,2 años luz de la Tierra. Entonces, ¿qué nos llega desde ese planeta, cómo descubrimos que existe? Nos llega radiación, nos llegan ondas que pueden ser luminosas en el espectro visible u otras ondas en el espectro de radiación electromagnética. A mediados de los 70, científicos creyeron haber encontrado una señal de vida inteligente, pero esa esperanza pronto se desvaneció… Sí, se encontró una señal llamada WOW, que es lo que anotó el observador estadounidense Jerry Ehman cuando la detectó. Pensaba que en esa señal había alguna implicación de seres inteligentes. Pero luego se vio que se trataba probablemente del reflejo en un trozo de basura espacial de una onda de radio producida en la Tierra. Así que hasta ahora, hemos mandado e intentado recibir señales de radio, pero no hemos tenido ninguna buena noticia en ese sentido. Hasta ahora, estamos solos en el universo. ¿Dónde es lo más lejos que hemos llegado en el espacio? Con instrumentos construidos por los humanos, las sondas Voyager 1 y Voyager 2 son las que más lejos han llegado y que abandonaron ya el sistema solar. Están viajando por el espacio fuera de este entorno planetario y han hecho un trabajo excelente. ¿Qué podemos ver? Con el telescopio James Webb podemos ver la luz emitida por las primeras galaxias que se formaron, muy cerca del origen del universo, hace unos 13.000 millones de años. Y lo más lejos que hemos podido llegar físicamente los humanos es la Luna y pronto volveremos a ella con el programa Artemis de la NASA. Quizás en un año aproximadamente. ¿Y hasta dónde hemos llegado en la investigación sobre el origen de la vida, que es clave para encontrar vida en otros planetas? Lo que había en el origen de nuestro planeta era geología y química. Había moléculas cada vez más complejas que van formando sistemas capaces de autorreproducirse y evolucionar, es decir, seres vivos. Si los humanos evolucionamos a partir de unas moléculas que lograron autoreproducirse, ¿Cuándo ocurrió eso? No podemos saber exactamente cuándo pasó, pero asumimos, que si nuestro planeta tiene unos 4.500 millones de años, la vida surgió unos 700 millones de años después, es decir, hace unos 3.800 millones de años, cuando se dieron las características para que surgiera. Hablamos de la vida entendida como un sistema de moléculas capaz de copiarse y de reproducirse. Eso estaría en las raíces del tronco común que tenemos todos los seres vivos, que está en la metáfora del árbol de la vida. En ese árbol tenemos un tronco del que salen primero dos ramas, luego tres, luego muchas. Consideramos que puede haber unos 600 millones de ramas, es decir, de especies. De ahí viene entonces la idea de LUCA, el antepasado universal de todos los seres vivientes en nuestro planeta… Después de producirse una

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