Estados Unidos, Rusia y América Latina

Andrés Huanca Rodrigues

Existe un curioso fenómeno de la ciencia histórica en el cual, dependiendo de la distancia temporal y espacial con la cual se observa un periodo histórico, las percepciones y por ende las conclusiones que expliquen lo sucesos pueden verse seriamente modificadas. No es lo mismo observar la historia conjunta de Europa y América Latina, con la llegada de Colón en 1492 y su derivación en la Revolución Industrial, que centrarse en las sucesivas batallas, dramas de sus caudillo y desenlaces, en la lucha por la independencia de Bolivia. Ambos procesos son parte del mismo devenir humano, concatenados por múltiples otros procesos, pero poder relacionarlos cognitivamente suele ser una ardua tarea.

Las amenaza de una nueva guerra entre potencias militares a raíz del lugar que ocupa(rá) Ucrania en el concierto internacional, y en concreto entre Estados Unidos/OTAN y Rusia, debe ser entendido a partir de la situación inmediata a la cual aluden ahora los líderes de ambas potencias y la Unión Europea, que en síntesis se centra en el argumento de que todos los bandos estarían velando por su propia seguridad nacional, basado en sucesos que tienen poco menos de 10 años. Sin embargo, también es necesario distanciar la mirada en términos históricos para tener una vista panorámica de lo que está juego, aspecto central para preguntarnos, además, qué lugar jugamos nosotros los latinoamericanos en este nuevo conflicto mundial.

Dicho esto, y sin irse hasta los tiempos de Lenin como hizo Putin hace un par de días cuando ridiculizó al líder bolchevique, este conflicto se adscribe en el deterioro de un orden mundial y su choque con el asenso de otro. El fin del mundo “unipolar” encabezado por Estados Unidos viene siendo anunciado desde hace varios años frente a la señales de decadencia de esta potencia y por el crecimiento en diferentes esferas de Rusia y China. Siendo tanto un discurso como un anhelo de estas potencias emergentes, y de otros cientos de pequeños países subyugados por el orden “unipolar”, la creación de un mundo “multipolar”. La amenaza de guerra entre Rusia y Estados Unidos parece ser la condensación de esta contradicción histórica.

El mundo unipolar solo puede ser analizado conociendo elementos de la historia norteamericana. A inició en los 80 con una ya clara influencia consolidada en diferentes regiones del mundo, Estados Unidos emergió junto al orden unipolar, tras décadas de “Guerra Fría”. En los 90 con la caída definitiva de la Unión Soviética, el mundo unipolar se consolidó y avanzó bajo la forma del globalismo norteamericano que tendió su red influencia en prácticamente todos los continentes.

El auge del unipolarismo llegaría hasta casi el final de la primera década del 2000 y la expresión del inicio de su debacle fue la crisis financiera/inmobiliaria del 2008 de Estados Unidos que reveló la deformación de aquella otrora pujante economía productiva. La rápida y decidida “financiarización” de la economía norteamericana supuso el paulatino desmantelamiento de su capacidad productiva, siendo esta llevada en forma de capitales a los países del capitalismo periférico -Asia, África y América Latina-, empujando su condición aún más a la de simples exportadores de materias primas, o grandes fábricas/maquilas descentralizadas destinadas a la creación de mercancías a bajos costos, que entre otros aspectos tuvo como consecuencia la caída del costo real de la mano de obra de los trabajadores en el mundo y una mayor dependencia económica de estos países. La gran mayoría de la producción del mundo se dirigiría al mayor mercado del globo, Estados Unidos, y cambio de este país improductivo saldría el capital financiera necesario para la construcción de capital productivo e infraestructura en el resto del mundo. Toda una estructura asegurada con grilletes por parte del ejército nortemericano desplegado en todo mundo para asegurar su correcto funcionamiento.

La ingente cantidad de capitales financieros que no hallarían su realización en el mercado generarían las burbujas financieras, como por ejemplo la construcción de gigantezcos condominios fantasmas en Estados Unidos, y que pronto estallarían como en el 2008. La alegoría que usó el economista y exministro de Economía de Grecia, Yanis Varoufakis, para explicar este movimiento circular fue que Estados Unidos sería como el “minotauro”; bestia mítica griega que era alimentada por el sacrificio del resto del mundo griego, que tenía que entregar jóvenes para el monstruo. En ese sentido, tras la crisis del 2008 el mundo se ve menos capacitado para alimentar al minotauro y este va languideciendo.

Por otro lado, la decadencia de este modelo y por ende del liderazgo mundial de Estados Unidos se expresó políticamente con el asenso de Donald Trump a la presidencia el 2017. Bajo el lema de campaña Make América Great Again, el magnate hacía referencia a los tiempos de la “era dorada del capitalismo” alrededor de 1950, en que Estados Unidos era el referente de producción en el mundo, exportando automóviles y electrodomésticos de primer orden. Con lo cual, el parque industrial y fuentes de servicios daban aquella sensación de seguridad para la clase trabajadora norteamericana. De allí la anunciada política económica proteccionista de Trump que supuestamente iba a incentivar la producción nacional y por ende la formación de trabajos. Apropósito del tema bélico, Trump igual suponía una “rebelión” en respuesta al modelo decadente de Estados Unidos, al afirmar que replegaría sus fuerzas militares de varios países y que si estos quisieran la “protección de Estados Unidos” tendría que pagar por ella. Una alusión al enorme gasto que supone sostener sus bases militares en el resto del mundo, que contrastan con el gasto en las condiciones y servicios de la clase trabajadora. Trump se dirigía al bolsillo de los trabajadores, los cuales a pesar de que fuera homofóbico, misógino, xenófobo o racista, votaron por él, priorizando sus condiciones de vida para poder escapar de aquella condición no marcada por su esfuerzo y trabajo, sino sometida a la deuda, y por la ira de que ellos hayan sido quienes pagaron la crisis del 2008, perdiendo casas, trabajos, ahorros, y no los banqueros que la ocasionaron.

Por supuesto, la vampirización de la frustración e ira de la clase trabajadora por parte del Trump no se reflejaron en la transformación de su situación, y al contrario fueron canalizadas en favor de lobbys empresariales y redirigidas en contra de migrantes u otros países como China -para satisfacción de los grupos neonazis-, estampándole a su corto gobierno aquel carácter fascista.

Es en medio de este reflujo norteamericano en la política internacional que se inscribe la actual crisis de Ucrania. El retorno de los demócratas a la Casa Blanca con Joe Biden es la expresión de una potencia en decadencia que ha perdido su influencia económica y por ende política, encasillando sus posibilidades de sostener su lugar privilegiado en el mundo en su capacidad militar y la de sus aliados. Como hace años veníamos diciendo, esta intentona expansionista, en clave globalizante, con la integración de Ucrania en la OTAN, son los coletazos de la bestia herida que pueden ser mas peligrosos que las reacciones de una que goza de salud. Asistimos pues, a la caída de un régimen global que duró alrededor de 40 años, con su asenso, auge y decadencia. Pero el desenlace aún sigue en la incógnita.

En contrapartida, como es de esperarse, las potencias emergentes buscan y buscarán rellenar los espacios vacíos dejados por el anterior imperio, persiguiendo en el corto plazo establecer, con aceptación de todas las partes, un mundo multipolar. China ocupa ya el lugar de locomotora económica, basada no solamente en su capacidad financiera, sino en una enorme capacidad productiva, dejando atrás aquellos años en los cuales relacionábamos los productos chinos con baratijas, para establecerse como productores de alta tecnología, superando a occidente en muchos ámbitos. Por su parte, Rusia ya ha salido de la depresión económica y política que le siguió al derrumbe de la Unión Soviética. Y si bien económicamente no se halla en el lugar de China de poder disputar en esa esfera el liderazgo mundial, siendo todavía muy dependiente del mercado europeo para la venta de su gas, Putin ha consolidado una enorme fuerza política al interior de Rusia, lo propio en su influencia internacional, y sumado a su amplia capacidad militar y nuclear.

Hechas estas constataciones, es posible despejar algunas imprecisiones políticas e ideológicas que circulan en la opinión pública en nuestro país. En primer lugar, el conflicto EE.UU y Rusia no se adscribe en la lucha ideológica entre “mundos distintos”, y más bien se enmarca en la craso pragmatismo geopolítico por la hegemonía global. De allí que lejos de acercarse a los años que le siguieron a Revolución Bolchevique de 1917, en los cuales se disputaban regímenes políticos, económicos y civilizatorios, hoy asistimos al triste espectáculo del enfrentamiento entre un imperialismo globalizante en decadencia y un nacionalismo reaccionario en emergencia. Porque, a pesar de las simpatías que pueda despertar el gobierno de Putin por las varias veces que le puso un freno al imperialismo norteamericano, quienes siguen someramente su política interior pueden constatar que se aleja en mucho a un proceso siquiera considerable de “izquierda”. Y esto no solo por una posición política abiertamente reaccionaria, conservadora y pro-oligarquía rusa que se nutrió de los destrozos del Estado soviético, sino por su actual estrangulamiento del Partido Comunista Ruso que viene logrando constituirse en la primera oposición parlamentaria del país, justamente por las contradicciones del gobierno ruso.

En segundo lugar, muchas posiciones han circulado con respecto al qué pasará. Lo cierto es que el panorama está bastante abierto, siendo el escenario de la guerra entre ejércitos regulares de potencias -“la III Guerra Mundial”- el más alejado a mi parecer, mientras que el sostenimiento de la guerra irregular al interior de Ucrania más cercana, y/o una oleada de sanciones en contra de Rusia que lograrán perjudicarla y retenerla, tal y como busca EE.UU, en tanto la bravuconearía de la OTAN no dio resultados.

La pregunta esencial, en realidad, está en terreno político, en el famoso qué hacer. Y como Latinoamérica debemos aprender de la historia de países como los nuestros, que pertenecen al capitalismo periférico, y en consecuencia, tener una posición diferenciada, lejos de ser arrastrados sin más por la disputa de potencias capitalistas, que podrían llevarse la vida de personas contadas por miles. Por lo que más allá de la pregunta a si uno está con uno u otro, deberíamos analizar nuestra posición como región. En ese sentido, por lo menos dos elementos deberían estar presentes en estos primeros pasos de un camino largo hacia la rearticulación del orden geopolítico mundial.

Sin duda el llamado a la paz en este contexto es una urgencia. Sin embargo, el llamado a la paz debe diferenciarse del “pacifismo” por ser esta la postura más estéril e hipócrita en esta coyuntura. El llamado a la paz sin más cree que con desconocer el conflicto este desaparecerá, pero además cae en una profundo abismo moral al no haber sido una voz presente desde el 2014, cuando Kiev inició los nuevos ataques a la población rusa en Ucrania, costándole la vida más de 14 mil personas hasta la fecha.

No es en balde que este “pacifismo” sea ahora la postura de las potencias mundiales occidentales, sus medios, y por supuesto sus agentes nativos en países como los nuestros, en tanto se pretende establecer la “paz” sin resolver el problema del avance militar de Estados Unidos en las fronteras rusas. Quiere decir, el “pacifismo” dice que en nombre de la paz cualquier país tiene que aceptar el sometimiento a los Estados Unidos, incluso haciendo caso omiso de las muertes y violencia ocasionada por estos. En el caso de Bolivia, esta posición ha sido secundada por los líderes de la derecha y conocidos gringofílicos como Samuel Doria Medina, Tuto Quiroga, Fernando Camacho y Carlos Mesa.

Así como las alianzas, la paz no es incondicional. Debe estar basada en el respeto de mutuos acuerdos, que propicien el mutuo beneficio. Es en ese sentido que el llamado a la paz de Bolivia y otros países de Latinoamérica tiene que estar acompañada de la exigencia de otro principio – condición, sin el cual el nuevo mundo que emerge no encontrará aquel delicado equilibrio que llamamos paz: el multilateralismo.

Y es en ese sentido que el llamado a la paz debe estar acompañando de una decidido llamado al retroceso de la OTAN y otras fuerzas militares norteamericanas, pero no solo de las fronteras de Rusia, sino de todos los continentes. Es inadmisible que en Latinoamérica sigamos contando en decenas las bases militares estado unidenses y que, dado las escenas que hemos presenciado estos días, debería alarmarnos.

Es en esa correlación entre naciones emergentes, enfrentadas con el voraz y constante avance de Estados Unidos, así como el deseo de consolidarse un mundo multipolar, lo que como América Latina nos debe acercar a la posición de Rusia, sin por ello brindar un cheque en blanco alegando «un total apoyo», olvidando que esta rearticulación del orden mundial, su impacto en los precios internacionales, también abrirá o cerrará alternativas a nuestros países.

Por lo pronto, en el plano del realismo, el multilateralismo es la mejor forma de asegurar un dique de contención entre las potencias nucleares, pero también si se profundiza una posibilidad que abra más espacios para las naciones subyugadas del capitalismo periférico; desde Palestina que no depende del unilateralismo norteamericano en alianza con Israel, hasta países de África, Asia y América Latina. Esta última precisamente desarrollándose en diferente esferas en los últimos años gracias en parte al crecimiento del abanico de posibilidades internacionales. Es pues, en el corto plazo, lo más aproximado al principio del derecho a la autodeterminación de las naciones de Lenin, en el cual se construya la capacidad de los países a determinar su futuro libremente, evitando recaer en el tutelaje semicolonial de esta o aquella potencia.

Es la sumatoria, pues, de multilateralismo y paz una posible consigna para nuestra región, evitando caer en la estéril “imparcialidad”, como también ser arrastrados por la guerra de los intereses del gran capital y no del trabajo. En ese sentido, Estados Unidos y sus aliados tienen que dar varios pasos atrás para dar lugar al nuevo mundo que emerge, y que esto suceda de manera pacífica y no mediada por al guerra, es la posición diplomática que considero la adecuada.

El autor es antropólogo.