Pam Bondi deseaba una salida digna. Pero Trump solo la quería fuera

Pam Bondi tenía la sensación de que sus días como fiscala general de Estados Unidos estaban contados. Pero no esperaba que el presidente Trump la destituyera tan pronto.

La fiscala general de Estados Unidos, Pam Bondi, tenía muy claro que sus días estaban contados.

El presidente Donald Trump se había quejado sin reparos, con demasiada frecuencia y ante demasiada gente de su incapacidad para procesar a las personas que detesta. Bondi no cumplía las inflexibles y poco realistas exigencias de Trump de tomar represalias contra sus enemigos. Había cometido error tras error en su gestión de los archivos del caso Epstein. Sus críticos eran cercanos al presidente.

El mes pasado, Bondi comentó a una de sus amistades que la disposición de Trump a despedir a Kristi Noem de su puesto de secretaria de Seguridad Nacional significaba que ella también podría estar en peligro.

Pero Bondi no esperaba que Trump, el hombre responsable de elevarla a uno de los puestos más poderosos de Estados Unidos, bajara el telón tan pronto, según cuatro personas familiarizadas con la situación.

El miércoles, Bondi, de 60 años, cabizbaja pero decidida, acompañó a Trump en un sombrío viaje por carretera hasta la Corte Suprema, donde asistieron a los alegatos en el caso de la ciudadanía por derecho de nacimiento. En el coche, Trump le dijo que había llegado la hora de un cambio en la cúpula del Departamento de Justicia.

Bondi esperaba salvar su puesto o, como mínimo, ganar algo más de tiempo —hasta el verano— para tener una salida airosa.

No consiguió ni lo uno ni lo otro y, el miércoles, se puso sentimental en conversaciones con amigos y colegas cuando se dio cuenta de que estaba fuera. A la mañana siguiente, Trump lo hizo oficial y la despidió a través de una publicación en las redes sociales.

La precipitada caída de Bondi puso al descubierto una verdad fundamental del segundo mandato de Trump: la lealtad, la adulación y la obediencia son requisitos previos para el poder, pero no proporcionan una protección duradera frente a un presidente empeñado en llevar a cabo sus objetivos personales y políticos maximalistas.

Fuente: New York Times