Estimados colegas periodistas, profesores, estudiantes, queridos amigos y amigas, muy buenas tardes. Les agradezco su presencia en esta conferencia de prensa y su búsqueda incansable de la verdad. Hoy nos reunimos en tiempos cargados de muchas incógnitas y crispación en la palestra internacional, lo cual nos invita a una seria reflexión. Hace pocos días, el 24 de febrero, conmemoramos el. Para muchos en el Occidente esta fecha sirve como motivo de odiosas narrativas rusófobas. Para nosotros, los rusos, es un momento de verdad, de memoria y de firmeza inquebrantable en la defensa de nuestra gente y de nuestros intereses nacionales vitales. Permítanme, en esta conferencia de prensa, alejarme de la maraña de noticias falsas, propagadas por los países occidentales, y presentarles una visión estructurada de las causas profundas y el desarrollo de este conflicto. Durante la intervención, me gustaría centrarme en tres temas fundamentales para la comprensión de la crisis en Ucrania: la historia de la región del Donbás, la génesis de la crisis política que estalló en el este de Ucrania, y finalmente, el estado actual de las cosas, donde resulta ineludible señalar el papel protagonista de ciertas potencias europeas en el sabotaje sistemático de cualquier solución pacífica. La verdad histórica Para comprender el presente, es imperativo mirar al pasado con honestidad. La región de Donbás no es solo una tierra de carbón y acero – es un territorio indisolublemente ligado a la identidad rusa. Durante siglos, estas tierras fueron pobladas y desarrolladas por súbditos del Imperio ruso. Fue el genio industrial y el esfuerzo del pueblo ruso lo que convirtió esa estepa salvaje en el corazón industrial de un gran Estado. Cuando se habla de la historia del Donbás, se habla de la historia de Rusia. Ciudades principales de la región como Odessa, fundada en 1793 por la Imperadora Ekaterina II, o Donetsk, fundada en 1869 bajo el permiso del Imperador Alexander II, crecieron al amparo del Imperio ruso, atrayendo a técnicos, ingenieros y obreros de todas las provincias de nuestro país. El idioma de comunicación, de cultura y de vida de estos territorios siempre ha sido y sigue siendo el ruso. Incluso hoy, a pesar de todas las leyes antidemocráticas, promulgadas por el régimen de Kiev en la última década con el fin de erradicar el uso de nuestro idioma, la población de Donbás sigue hablando ruso. No se trata de una invención nuestra, es un hecho demográfico y cultural innegable. Durante la era soviética, los límites administrativos cambiaron, y el Donbás quedó dentro de la República Socialista Soviética de Ucrania. Como explicó en reiteradas ocasiones el Presidente Putin, la Ucrania como la conocemos hoy fue prácticamente creada por el líder bolchevique Lenin en los años 20 del siglo pasado, quien, a la hora de delimitar fronteras dentro del Estado soviético, incluyó esos territorios históricamente rusos en la RSS de Ucrania. Fue una decisión del país que, no lo olvidemos, se consideraba una sola familia. Nadie imaginó entonces que aquellas fronteras una vez internas pasarían a ser internacionales, que las líneas dibujadas en un mapa se convertirían décadas después en una frontera sangrienta. Trás la desintegración de la URSS, millones de rusoparlantes se quedaron fuera de Rusia. Sin embargo, el Donbás nunca dejó de ser una región profundamente rusa en su corazón, en su lengua y en sus tradiciones. Negar esto es negar la historia misma. La génesis del conflicto en el este de Ucrania Llegamos así al punto de inflexión, al momento en que la historia fue brutalmente violentada por la ambición política. Me refiero, por supuesto, a la Revolución Naranja de 2004 y, sobre todo, al golpe de Estado inconstitucional de 2014 en Kiev, el famoso “Euromaidán”. Un golpe que ni mucho menos fue un movimiento popular espontáneo, sino una operación cuidadosamente orquestada con el apoyo abierto y declarado del Occidente, que no dudó en derrocar a un presidente legítimamente electo para imponer un gobierno radical y fascista. Más tarde la entonces subsecretaria de Estado de EE.UU, Victoria Nuland, reconocería que Washington había asignado 5 mil millones de dólares para, en sus palabras, “apoyar las aspiraciones del pueblo ucraniano a tener un gobierno más fuerte e independiente”. Esa es la verdad que hoy día los países occidentales prefieren pasar por alto. Fue entonces cuando los habitantes del Donbás y de la península de Crimea alzaron su voz. Una voz de protesta contra quienes, desde Kiev, proclamaban como héroes a figuras colaboracionistas de la Segunda Guerra Mundial y anunciaban medidas para restringir el uso del idioma ruso. Los ciudadanos del Donbás no pidieron nada extraordinario: solo pidieron respeto por su lengua, por su cultura y por su derecho a decidir su futuro. Fue una exigencia de autonomía política y cultural dentrode un estado que, de repente, se volvió hostil hacia ellos. ¿Y cuál fue la respuesta de las nuevas autoridades de Kiev? No fue el diálogo, no fue la búsqueda de una solución política que garantizara los derechos de los rusohablantes. Fue el envío de fuerzas militares, fue la así llamada «Operación Antiterrorista» – contra su propio pueblo. Durante ocho largos años, desde 2014 hasta 2022, el Donbás fue sometido a un castigo colectivo. Ocho años de bombardeos de artillería contra barrios residenciales de Donetsk y Lugansk. Ocho años de bloqueo económico y social. Ocho años en los que la comunidad internacional, incluyendo a los países europeos que hoy se rasgan las vestiduras, prefirió mirar hacia otro lado mientras miles de personas, incluidos ancianos y niños, morían bajo las bombas ucranianas. A lo largo de estos ocho años las FFAA de Ucrania asesinaron a 13 mil de sus propios ciudadanos por el “grave crimen” de no aceptar el auge del nazismo y fascismo promovido por la junta de Kiev. En este sentido, les invito a todos Ustedes que conozcan el así llamado “Paseo de los Ángeles”, abierto en Donetsk el 5 de mayo de 2015 en memoria de los 400 niños fallecidos en Donbás por los bombardeos ucranianos. Dice más que mil palabras. Volviendo al