Bajar y dar de nuevo
El viernes último Alberto Fernández participó en la inauguración de la Cumbre de los BRICS, acrónimo que refiere a los cinco países fundadores de esa asociación de cooperación internacional que integran Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Al cierre de esta edición de El Cohete, el Presidente argentino estará participando como invitado de la reunión del Grupo de los Siete (G7), el club que agrupó a Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido. La Argentina participará de ambas reuniones con la esperanza de poder privilegiar sus intereses sin que se le exija tomar partido. Sin embargo, en las dos puntas de ese periplo, entre Beijing y el castillo de Garmisch-Partenkirchen, en Baviera, donde se llevan a cabo las deliberaciones del conglomerado atlantista, se instituyen formas alternativas de cooperación global. En el caso de los BRICS, partiendo del principio de soberanía, y en el caso del atlantismo, consagrando un globalismo verticalizado, coordinado por la lógica de las trasnacionales, basadas en la razón financiera. Los cinco países del BRICS representan el 41% de la población mundial, expresan el 24% del PIB mundial y el 16% del comercio global, y son responsables de un tercio de la producción mundial de cereales. El quinteto que conforma el bloque se diferencia de otras alianzas por el hecho de que no exige a sus socios una orientación política o ideológica determinada, ni les reclama un formato gubernamental específico. Asume, como principio incontrovertible, la no injerencia en los asuntos internos de cada uno de los integrantes, privilegiando la cooperación para el desarrollo común, basado en el interés mutuo. Mientras la Unión Europea y el G7 pretenden homogenizar al resto de los países según reglas propias, ajenas a las tradición histórica de cada una de las entidades nacionales, el sur global asume como prioridad la superación de la pobreza, la equidad, el desarrollo y la necesidad de establecer una nueva arquitectura financiera global capaz de superar el endeudamiento sistémico, la fuga de capitales y la especulación. En esta XIV cumbre anual, además de sus cinco fundadores, participaron los jefes de Estado de 12 países, entre ellos la Argentina, Indonesia, Egipto, Tailandia, Argelia, Malasia y la República islámica de Irán. La alianza se conformó inicialmente en 2009. Sus integrantes fundacionales fueron China, Rusia, Brasil y la India. En 2011 se unió Sudáfrica. La maratón de encuentros orientados a configurar a los dos bloques geopolíticos continuará con la reunión de la OTAN en Madrid entre el 29 y el 30 de junio, donde se buscará estrechar el cerco sobre Moscú y Beijing. Un mes después, el 25 de julio, Alberto Fernández visitará a Joe Biden para insistir sobre el endeudamiento externo, la superación de las prácticas injerencistas y la soberanía de las islas del Atlántico Sur. El mandatario estadounidense, por su parte, le exigirá abandonar los vínculos con el Nuevo Eje del Mal (Moscú, Beijing, Teherán y Caracas) y regresar al mundo civilizado de Occidente. Para persuadir a Fernández se le expondrán, en tanto presidente pro tempore de la CELAC, los flamantes peligros que sufre América Latina y el Caribe en relación con quienes se diferencian del atlantismo: la semana pasada, los jefes de los Comandos Norte y Sur –generales Glen VanHerck y Laura Richardson, respectivamente– advirtieron, en una sesión del Comité de Servicios Militares del Senado, que el Kremlin viene desplegando oficiales de inteligencia en Latinoamérica y busca tener acceso a los Estados Unidos desde su frontera sur: “La agencia de espionaje militar de Rusia (GRU) tiene en estos momentos desplegados en territorio mexicano más oficiales de inteligencia que en cualquier otro país del mundo con el objetivo final de influir en las decisiones que toma Estados Unidos”, expresó VanHerck. En septiembre de 2021, VanHerck afirmó que “Rusia es la principal amenaza militar para mi patria. No es China, es Rusia”. En marzo del presente año, Laura Richardson señaló que “China y Rusia están expandiendo agresivamente su ascendencia en nuestro vecindario (…) China continúa su marcha implacable para expandir la influencia económica, diplomática, tecnológica, informática y militar en América Latina y el Caribe, y desafía la influencia de Estados Unidos en todos estos dominios”. En forma coincidente, el embajador estadounidense en la capital azteca, Ken Salazar, declaró luego de que se inaugurara el grupo de amistad entre ambos países en la Cámara de Diputados de México que “el embajador de Rusia estuvo ayer [en el Congreso] y dijo que México y Rusia son cercanos, eso nunca puede pasar”. Al día siguiente, Andrés Manuel López Obrador respondió al diplomático estadounidense: “No somos colonia de Rusia, ni de China, ni de Estados Unidos”. La neutralidad manifiesta de México respecto al conflicto bélico en Ucrania y la decisión de no concurrir a la Cumbre de las Américas celebrada en Los Ángeles han encendido las alertas del Pentágono y de los servicios de inteligencia de Washington. En ese mismo marco de demonización, los voceros oficiosos del Departamento de Estado en Buenos Aires exhibieron su disgusto luego de escuchar el discurso de Alberto Fernández en la teleconferencia del viernes, en el que se abstuvo de condenar a Vladimir Putin y convocó a instaurar una mesa de negociaciones de paz, escena que Washington desestima dado que pretende ver desacreditado y debilitado a Moscú antes de darle fin a la etapa bélica. Mientras que el atlantismo busca ubicar a Moscú como un paria de las relaciones internacionales –tanto a nivel político como económico y comercial–, la teleconferencia organizada por Beijing le brinda a Vladimir Putin una atmósfera alternativa a la que pretende imponer el G7 con sus reglas deshistorizadas. La Estrategia para la Asociación Económica, conocida como BRICS 2025, se propone como una plataforma para la conformación de un escenario multipolar capaz de respetar las particularidades nacionales y las soberanías. El programa, que fue recalcado por Xi Jinping en la inauguración de la Cumbre, consta de tres ejes centrales: la seguridad concertada, el desarrollo global sostenible y el comercio justo sin proscripciones ni sanciones. Respecto a la primera dimensión, se propone instaurar
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