El mundial de Messi: soborno, calor y negocio
Carlos A Villalba Estrategia. Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico . – Solo eran dunas, llanuras áridas y planicies pedregosas. Ningún río interrumpe el desierto; uno que otro oasis a lo largo del territorio manchan de verde amarronado la monotonía del paisaje desértico. Distintas tribus nómadas llegaban desde el centro de la Península Arábiga y se asentaban temporalmente en esa zona, buena para nada. Durante la época del Califato de Bagdad (750 – 1258 EC), el estruendo de los cascos de los caballos árabes anunció a quiénes sí valor a la región: el uso de sus puertos, aptos para que zarparan varias de las flotas que intervinieron en la yihad islámica. Así consolidó su lugar en el mundo, como una buena escala para el tránsito marítimo. El control sobre su pequeño territorio fue pasando por las manos del poder de turno; en el siglo XX consiguió la independencia de Turquía para quedar bajo “protección” británica, como consecuencia de la disolución del ocaso de Estambul. Y si los musulmanes miraron hacia el mar, los europeos dirigieron su búsqueda hacia lo profundo de las arenas, descubrieron petróleo y todo cambió para siempre en… QATAR, ese territorio hacia el que, hoy, se dirigen las miradas de miles de millones de personas amantes de la pelota. Ese lugar en el que se juega el absurdo de un Mundial de Fútbol donde nadie practica ese deporte, donde las mujeres tienen prohibido jugarlo, a pesar de que las ligas femeninas son hasta exigencia FIFA para que equipos y selecciones masculinas participen de torneos, bajo temperaturas prohibidas para su desarrollo, con miles de trabajadores muertos en la construcción de los estadios, jugadores de la elite mundial que rompieron sus músculos por el esfuerzo exigido por los calendarios diseñados a la medida de las temperaturas del país anfitrión. Un torneo logrado a partir de una ingeniería económica y política global, cargada de irregularidades que incluyen la compra de votos de dirigentes, federaciones y confederaciones. Dueños y corruptos A mediados del siglo XVIII la familia Al-Tani, rama de la antigua tribu Tamim, originarios del centro de Arabia Saudí, con ayuda de Turquía, se instaló en el poder. Luego firmó un tratado de protección con los británicos. Hoy, 300 años después, permanece sentada sobre esa tremenda reserva de gas y petróleo. Es cierto, en todo ese tiempo hubo cambios: hijos derrocaron a padres, hermanos a hermanos, en una cadena que llega hasta el actual jeque Tamin bin Hamad… Al Thani. El siglo XXI trtaería nuevas metodologías y tecnologías, otro planeta, geoestrategias comunicacionales destinadas a instalar intereses comerciales, financieros y políticos, a lavar imágenes e hipnotizar multitudes, por ejemplo, haciéndoles creer que la capital qatarí no es Doha sino París… Saint Germain. Los expertos en ese “poder blando” (soft power) que constituye la presión y la “influencia”, en reemplazo de, por ejemplo, la potencia bruta expresada fuera de sus fronteras por Estados Unidos, consideran al fútbol como un elemento principal de ese proceso y a los clubes como auténticos “caballos de Troya” desde donde irradiar imágenes e influenciar en la construcción de conceptos en la vida cotidiana de las personas. La corona qatarí lo entendió y decidió invertir en ello en su búsqueda de la consolidación de su posición en el mapa planetario, hasta desplazar a Arabia Saudita de su acuerdo estratégico con Estados Unidos. Golpe de mano El camino de la seducción fue largo, desde que los ingleses de las petroleras empezaran a correr detrás de la pelota hasta que los dólares de ese mismo hidrocarburo desembarcaran en los bolsillos dispuestos de los jerarcas de la FIFA el segundo día de diciembre de 2010 cuando, finalmente, el jefe de la organización, Jospeh Blatter, anunciara en la sede de Zurich que doce años después el circo futbolístico desembarcaría en Qatar… y no en Estados Unidos. El Sheikh Mohammed lideró la exitosa y “propositiva” candidatura de su país, logrando llevar la Copa Mundial por primera vez a Medio Oriente, apelando a todos los elementos que fuesen necesarios, incluso la de incluir una mujer, Sheikha Moza, en el centro de la presentación final de una nación que prácticamente niega los derechos de género, ni qué decir de las diversidades. Sin embargo, el factor decisivo del vuelco de los votos hasta sumar los 22 que derrotaron a los 14 estadounidenses no fueron los gestos falsos, sino los dólares reales, negociados hasta en los perfumados baños de la FIFA donde, por ejemplo, Nicolás Leoz, presidente de la Conmebol que, como paraguayo, quería ponerle unos porotos a Corea del Sur, escuchó una voz argentina que le dijo “Tenés que votar a Qatar”, con un acento nada parecido al del supremo personaje de Marlon Brando, Los números, hoy estudiados por las agencias de investigaciones y la justicia de distintos países, giran alrededor de los 10 millones de dólares destinados a la compra de unas 30 voluntades, a partir de una tabla que, incluso cotizaba diferente el apoyo de los sudamericanos y los centroamericanos. Sin embargo, las transferencias superaron tres veces ese monto; solo el estudio de los recibos bancarios (en Qatar se traga arena pero no se come vidrio) dan cuenta de 7 millones. Otras pesquisas elevan a 7,2 millones los recibidos únicamente por el crack francés Michel Platini, entonces titular de la Federación europea (UEFA), luego condenado por otras irregularidades cometidas junto a Blatter. Y la cotización trepa un par de peldaños cuando se llega al “sí” del responsable del Comité de Finanzas de la FIFA, el argentino Julio Humberto Grondona. (Esta crónica regresa en pocas líneas a ese momento mundial de argentinidad al palo) Messi… eu El voto de Platini tuvo otras aristas, además de lo embolsado. En medio de las audiencias que lo condujeron una condena por el delito de cobro irregular de 2 millones de dólares de la FIFA, reconoció haberse reunido antes del encuentro de Zurich con el entonces presidente Nicolás Sarckozy en el Palacio del Elíseo, según la prensa francesa, con la participación del futuro emir de Qatar, el príncipe Tamim
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