Representantes y Representados
Estefanía Prado Gonzáles Coincido plenamente con la interrogante que se hacen muchos militantes del Movimiento al Socialismo: ¿Quién gobierna? Agregaría otra interrogante: ¿Para quién gobierna? Porque no se ve un horizonte estratégico más allá del discurso “de izquierda”, que dista mucho de la práctica gubernamental que no ha generado hasta ahora verdaderas medidas de transformación, limitándose a recuperar la estabilidad y el crecimiento económico, así como afrontar la pandemia luchando por preservar la salud y la vida. Todo esto es correcto, pero se hace en términos de preservar el orden establecido. Es bueno que el presidente se reclame de izquierda, los que votamos por él queremos justamente eso: más izquierda y menos concesiones al statu quo. Eso también quiere decir escuchar más al bloque social del proceso de cambio que le entregó su confianza y sobre todo sus esperanzas y no actuar en función de lo que dice la oposición, dado que la derecha está abocada a la crítica permanente, nada propositiva y las más de las veces alejada de cualquier razonamiento de la realidad. En esta coyuntura, asistimos a una pugna interna dentro del Movimiento al Socialismo, destacada además por los medios de comunicación carentes de valores y ética periodística, en la que las diferentes corrientes al interior del MAS desplegaron escritos, debates y declaraciones de unos contra otros, en los que, lamentablemente, no se plantea un debate ideológico y, al contrario, se desnudan mezquinos intereses particulares o de grupo, además de acciones que nada tienen que ver con el trato que debe existir entre compañeros. Vemos que el nivel de estas disputas internas, incrementadas ante la posibilidad de cambios en el gabinete de gobierno, reflejan la desconfianza social hacia diferentes instituciones, particularmente hacia las encargadas de la administración de justicia; la corrupción, impunidad e ineficiencia de servidores públicos; la desatención o mala atención de las autoridades competentes a demandas puntuales de sectores o comunidades específicas; la insuficiente representación de sectores sociales comprometidos con el proceso de cambio en las instancias de gobierno, así como una escasa rendición de cuentas políticas de los representantes populares, además de una debilidad política y de liderazgo de nuestras actuales autoridades. Esto genera repercusiones adversas para la estabilidad social y la gobernabilidad, contribuyendo sistemáticamente a ello los portavoces de la oposición y medios de comunicación alineados con su ideología conservadora, que promueven el cuestionamiento a la legitimidad del gobierno y la división en el propio MAS, buscando crear una crisis política que les favorezca a falta de una propuesta de construcción de país. Es necesario que partamos por comprender que en cualquier organización política se expresan diferentes tendencias ideológicas, y más tratándose de un movimiento tan grande como el MAS, que nació en 1995 como Instrumento Político de diferentes organizaciones sindicales agrarias que dieron un salto a la esfera institucional-estatal como medio para efectuar las ansiadas transformaciones y como forma de expresión política de sus demandas históricas. Ese es también el enorme potencial del MAS-IPSP, porque nos remite a la gran politización y organización social del pueblo boliviano. Es buena la coexistencia de tendencias ideológicas dentro del MAS, a condición de que se genere un debate político estratégico y una construcción permanente de sujetos históricos y coyunturas históricas que nos permitan continuar y profundizar el proceso de cambio truncado el año 2019 con el golpe de Estado. Cuando en todo este zafarrancho escuchamos o leemos que se debe respetar la democracia y que es potestad exclusiva del Presidente elegir a su gabinete denominando a esto el “principio de autoridad”, es necesario reflexionar sobre el origen de dicho principio porque no se trata de debatir en términos generales sobre la democracia, como si existiera un solo tipo de democracia. Desde el siglo 17 tuvieron lugar diversas revoluciones en distintos lugares como Inglaterra, Francia y Norteamérica con el propósito final de acabar con las limitaciones impuestas por el absolutismo monárquico; la clase burguesa buscaba liberar su fuerza productiva y económica, lograr el ascenso social y alcanzar espacios de poder político, de esta manera la burguesía se va consolidando como clase hegemónica, siendo el liberalismo su ideología política. Ahora bien, de manera general podemos decir que el Liberalismo es una ideología que defiende los derechos individuales (el derecho de propiedad, la libertad de asociación, la libertad de religión o la libertad de expresión), el libre mercado (capitalismo), la igualdad ante la ley de todo individuo sin distinción de sexo, raza, origen o condición social y el Estado de derecho o imperio de la ley. Sin embargo, como práctica efectiva de gobierno, en las condiciones sociales y económicas del capitalismo, sus instituciones reales caen en profundas contradicciones con sus ideales. La democracia como régimen político se identifica con un tipo de influencia directa de los ciudadanos en la elección de los gobiernos y, por esta ruta, en la determinación de las políticas que les afectan. La forma de gobierno representativo que se asimila al actual concepto de democracia nació enfrentada con la concepción clásica de ésta. Fue al fundarse los Estados Unidos en 1776, que sus ideólogos constituyentes Alexander Hamilton y James Madison, redactaron la Constitución en términos tales que del individuo como participante activo y directo en los asuntos públicos de gobierno, se pasó a la figura del representante político que lo sustituye en los órganos de gobierno y en las determinaciones. A esto le llamaron “Democracia Liberal Representativa”. Si bien el poder del pueblo reunido en asamblea para decidir los asuntos del Estado constituyó uno de los objetivos fundamentales de la democracia clásica ateniense, esa democracia fue esencialmente patriarcal: las mujeres no tenían derechos políticos y los derechos civiles que ellas disponían fueron muy limitados. Era también la democracia en la que el término “pueblo” se limitaba a la gente que tenía posesiones materiales mientras, el resto de la población, mayoritariamente esclavos e inmigrantes, permaneció marginada de los asuntos del Estado. Entonces, la verdadera diferencia entre la democracia clásica y la desarrollada en las repúblicas modernas, radica en la absoluta exclusión del pueblo en su calidad de colectivo de cualquier participación directa en el gobierno. De este desempoderamiento
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